Alatriste sale mal parado de su primer duelo

Alatriste

Hacía tanto que no teníamos noticias de la prometedora adaptación televisiva de las aventuras del Capitán Alatriste que la expectación dio paso al más absoluto olvido. Finalmente, y después de que las malas lenguas asegurasen que no contaba con el beneplácito de un Paolo Vasile que no sabía muy bien qué hacer con ella, la serie se estrenó a principios de año para contrarrestar el estreno de Atresmedia de Algo que celebrar.

Su principal baza para atraer a la audiencia estaba clara, la mezcla de aquellos elementos de la serie histórica española que tan buenos resultados habían dado con Isabel durante tantos años con el concepto aventurero y algo desenfadado de la no menos popular Águila Roja. Un planteamiento muy lógico que no se ha visto recompensado en su debut, aunque el fracaso de Alatriste tiene mucho más que ver con sus propias malas decisiones que con las bondades de la competencia.

Y es que, evadiéndonos de cierto revuelo creado en las redes sociales, hemos de dar la razón en muchas cosas al padre de las novelas, Arturo Pérez-Reverte que, acostumbrados a leer sus feroces críticas a las adaptaciones cinematográficas de algunos de sus trabajos a los que rara vez ha dado cuartel, nos sorprendió con su tono conciliador a la hora de valorar el trabajo de Giacomo Campiotti y Enrique Urbizu a los que echó más de un capote.

Alatriste

Es cierto que la España del Siglo de Oro no está bien representada, y tal vez ese sonado rodaje allá por Budapest no le haya sentado bien a una producción que en todo momento se siente en un estudio de grabación. Sin embargo es a nivel de vestuario donde la serie más flaquea y evidencia lo mal que ha sido gestionado su presupuesto, ya que nos resulta profundamente inverosímil que en una sucia taberna llena de rufianes y espadachines sin un real en el bolsillo que venden sus servicios al mejor postor para malvivir en el Madrid de los Austrias éstos luzcan botas sin una sola mancha de barro o capas de terciopelo inmaculadas sin parche alguno o siquiera ligeramente deshilachadas por el extremo que roza el suelo.

El punto álgido de esta falta de rigor en la ambientación llegó cuando el Capitán, incorporándose de la cama que compartía con la Lebrijana, nos mostró su inmaculada ropa de cama, blanca y recién comprada en El Corte Inglés, y que apostamos que a más de un espectador le provocó cierta risa como en el caso de quien escribe. Me atrevo a decir que, más que la carencia de un asesor histórico como el que demandó Reverte según confesó públicamente, nos encontramos ante un despropósito del departamento de vestuario, por citar el más evidente. Porque no, ni la ropa de la época resistía su propio envejecimiento ni la dentadura de Sebastián Copons debía de ser tan nívea.

Como decía anteriormente, esta falta de verosimilitud en la serie, capaz de arruinar la conexión de gran parte de los espectadores con lo que se les está presentando en pantalla, no sólo tiene que ver con los valores de producción, sino también con algunas malas decisiones tomadas a la hora de poner el proyecto en marcha, empezando por el propio reparto escogido, lleno de desaciertos y en algunos casos más versado en el teatro que en la televisión.

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No vamos a poner en duda los encantos de Natasha Yarovenko –un poquito sí su desenvoltura interpretativa- pero no deja de resultarnos molesto que una intérprete ucraniana, a la que como es natural le es imposible ocultar su acento del todo, encarne a la actriz española por excelencia, María de Castro, una belleza peninsular capaz de hacer perder la cabeza a soldados y monarcas y que hubiese requerido de unos rasgos mucho más castizos y que no hubiesen necesitado de un buen tinte para el pelo.

Tampoco nos convence Gualterio Malatesta, cuya caracterización no hace honor a su nombre. ¿Dónde está esa cara marcada por la viruela? ¿Ese rostro reptiliano propio de un sicario? ¿Ese finísimo bigote tan de la época? Está lejos de toda duda que lo que Filippo Sbalchiero tiene en común con su personaje es básicamente su origen italiano y su vestimenta oscura… ¡qué ocasión desaprovechada para hacer uno de los personajes más memorables de la temporada!

Casi tanto como el rol de Francisco de Quevedo, interpretado con tedio por Miguel Hermoso Arnao cuando ha conseguido un papel que es un auténtico caramelo y que en los relatos originales era la sal de muchas de las tramas que más interés suscitaban.

No me gustaría que esta crítica fuese entendida como la de un amante de las novelas –que lo soy, ciertamente- incapaz de entender que en una adaptación para la pequeña pantalla a menudo deben hacerse ciertas concesiones e importantes modificaciones ya que se trata de formatos distintos. Eso es indudable, y siempre me mostraré firme defensor de la labor de un guionista a la hora de hacer filmable aquello que, debido a la densidad y riqueza del texto original, jamás lo sería de manera efectiva. Sin embargo, cuando el material del que partes es mejor, resulta imposible obviar que se ha dejado pasar la oportunidad de hacer algo de calidad.

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Curiosamente no es su protagonista, el Capitán Alatriste, el que menos satisfactorio. Aitor Luna se encuentra cómodo en el papel, hace suya esa mirada penetrante propia del soldado y se muestra comedido en todo momento. Lástima que sea su juventud la que lo delate. En la serie hablan de las hazañas de un combatiente veterano, perro viejo de las guerras de Flandes que se gana el apodo no por nombramiento oficial sino por méritos en el campo de batalla junto a sus compañeros de armas.

No, algo no nos cuadra, y nos hace preguntarnos si, ante la necesidad de una serie de estas características de recurrir a actores jóvenes y atractivos que puedan sacar adelante tanto las escenas de combate como las de cama, no hubiese sido más sensato enfocar la ficción a los años mozos del héroe. Claro que de este modo no se hubiese podido recurrir a las páginas de Reverte con tanta facilidad, incluyendo su relación con personajes tan importantes como Íñigo Balboa.

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Hay que decir, como bien apuntaba el escritor, que la serie no es irrespetuosa con las novelas. El incidente de los dos ingleses se ha introducido con bastante acierto y se ha procurado hacer uso de algunas de las frases más características de la saga. “Moriría por vos”, le decía Íñigo a la pérfida Angélica de Alquezar junto a su carruaje, a lo que ella respondía con un turbio “Tal vez mueras”.

Por referencias como esta, nosotros no queremos que muera Alatriste, y aguardaremos a ver si acaba resultando un liviano entretenimiento para la noche del miércoles. Pero, una vez más… qué oportunidad perdida.

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