Hablemos de relaciones toxicas, hablemos de Ross y Rachel

Ross y Rachel son uno de esos tótems inamovibles de la televisión. Una auténtica pareja estrella. Estaban tan predestinados que ni siquiera tuvieron que enamorarse porque simplemente estaba ahí. Aunque descoordinado claro, que si no los espectadores no sufríamos lo suficiente.

He de confesar que la primera vez que vi Friends yo, como todo el mundo, quería que ellos dos acabaran juntos. A fin de cuentas tenía 15 años y estaba en plena euforia por el amor predestinado y épico que presuntamente representan ambos. Pero con el paso de los años me he dado cuenta de una cosa. La relación de esos dos no era nada sana. No es el tipo de pareja que quieres ser en la vida real, por mucho que disfrutemos viéndolos en pantalla.

El comienzo de su relación nos va a servir de ejemplo para toda su dinámica a lo largo de las temporadas. Así, vemos que cuando Rachel se muda a Nueva York Ross suspira por ella en la distancia y que, pese a haber estado casado, sigue enamorado de Rachel desde el instituto. Independientemente de lo mal que trataran Carol y Susan a Geller, lo cierto es que si lo piensas, él por su lado también ha estado con otra persona en mente todos estos años.

Pero vale, lo dejamos pasar porque su relación con su ex mujer era cuanto menos peculiar y son Ross y Rachel. Amor eterno y todas esas cosas. El primer problema lo encontramos cuando nos damos cuenta de que cada uno de ellos sólo se fijan en el otro cuando hay algo que les impide estar juntos: Paolo, Juliet, Emily, las bodas varias de Ross… Es más, mientras que ella, aunque no le haga ninguna gracia que él tenga pareja, procura comportarse decentemente con las parejas de éste o mantener las distancias. Ross se atreve a ridiculizar a Paolo en cada ocasión que tiene pese a que él mismo está con Juliet en aquel momento.

Pero no pasa nada, tú, como espectador, te niegas a creer que la gran pareja de la televisión realmente parezca que no está destinada a estar unida. Pero entonces recuerdas cuando comenzaron a salir: Ross Geller, en un alarde de petulancia sin límites, hace una lista de pros y contras sobre si debería salir o no con ella en la que, entre otras lindezas, la llama superficial. Por cierto, la prueba del delito está a escrita a ordenador, para que no haya problemas de comprensión de lectura, ni siquiera para alguien que no tiene un Doctorado como Rachel. ¿Verdad, Geller?

Primera vez que Rachel perdona algo que no debería perdonar. Y si ella perdona, tú, con la ayuda de los guionistas, olvidas y sigues adelante. Hasta ese momento en el que nuestra protagonista femenina quiere hacerse un tatuaje. En su cuerpo. Pagado con su dinero. Pues resulta que Ross se enfada con ella, porque aparentemente debe haber comprado acciones del cuerpo de Rachel o algo así y como se está acostando con ella tiene derecho a decirle qué hacer con su cuerpo. Debe ser.

Pero ese solo era el comienzo de la vena posesiva de Ross. Rachel consigue un trabajo – algún día hablaremos de la suerte que tiene esta muchacha para ese tipo de cosas- gracias un hombre – muy atractivo, no lo vamos a negar- y ¿Ross se alegra por ella? No. Nuestro querido Doctor Geller entra en una espiral de celos que culmina con la pareja rompiendo. Porque ¿para qué va a fiarse de su pareja? Y aquí me voy a permitir señalar que Ross no sólo se acuesta con una mujer a las 2 horas de terminar la relación, es que además elige aquella con la que querían salir sus dos mejores amigos y después miente como un cosaco para que Rachel no se entere, rompiendo así del todo su confianza cuando ella, no había duda de esto, lo descubre. Para más inri, sigue insistiendo en que se estaban tomando un descanso porque es Ross, y tiene que tener la razón. Y no será la última vez que miente, recordemos el asunto de la carta.

Esa infame carta. Un intento de manipulación absoluta por parte de Rachel, las cosas como son. Las relaciones de pareja no se arreglan haciendo que uno de las partes asuma toda la culpa de todo. Eso no es sano. Ross era responsable por aquello que había hecho, no por todo lo que había ido mal en la relación. Recordemos que ella tampoco es perfecta y que para empezar sólo mostró interés genuino en él cuando pensaba que no lo iba a tener.

Por eso Rachel tampoco está libre de culpa, y porque cuando parecía que por fin iba a hacer lo que debía no asistiendo a la boda de Geller y Emily – porque a Ross estar sin casarse le da alergia- al final sale corriendo detrás de él. ¿Por qué? Porque esta pareja nos enseña que si no lanzas todo por el retrete y sales corriendo detrás de la persona que amas hasta al aeropuerto (o su boda en Londres) nunca tendrás una oportunidad nueva para conseguir el amor verdadero y eso no es más que un consejo terrible envuelto en buena televisión. Un consejo tan terrible como el de mentir sobre haber conseguido la anulación de una boda en las Vegas. No hagáis eso en casa, niños.

Ross termina tan quemado y tan desequilibrado por sus relaciones que le tienen que obligar a tomarse un año sabático para superar sus ataques de ira. Pasan seis años y sigue sin superar su ruptura con Rachel.¿Eso le parece sano a alguien? ¿Alguien quiere parecerse a Ross?

Rachel, pese a convertirse en una gran profesional, abandona todos sus avances personales, su oportunidad de cumplir su sueño de trabajar en aquello que ama y que ha conseguido con su esfuerzo y sus propios medios por abrazar la idea de una relación en la que ninguna de las dos partes ha cambiado un ápice desde la última vez en que fueron pareja (y todos sabemos como acabó eso).Además ni siquiera se plantean que Ross pueda pedir una excedencia, se da por sentado que es ella quien debe renunciar, quien debe hacer el sacrificio. Y esto ni siquiera es culpa de los personajes, sino de los guionistas. Por mucho que bajase del avión y fuera a su encuentro, por mucho que nosotros nos emocionasemos en su momento ni Rachel ha aprendido a vivir sola, ni Ross ha dejado de ser un inseguro. No va a funcionar. Van a repetir todos los errores del pasado.

Porque Rachel nunca debería haberse bajado de ese avión. Porque en realidad, ninguno era la media langosta del otro.

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