BioShock: The Collection, la distopía que sigue siendo imprescindible

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No es ningún secreto que las remasterizaciones están jugando un papel fundamental en la actual generación. Desde hace un par de años han sido muchas las compañías que han querido aprovechar la capacidad de las nuevas plataformas para realizar una puesta a punto de sus títulos más exitosos, ya sea para el deleite de los fans, para dar la oportunidad a una nueva remesa de jugadores de probar algunas de las sagas con nombre propio en la industria o simplemente para sacarle el máximo partido a un modelo comercial que resulta de lo más rentable.

Seguramente se trate de un poco de todo, pero en todo caso vale la pena preguntarse cuántas de estos remasters merecen realmente la pena. Es cierto que realizar un buen trabajo a nivel técnico es importante, pues a veces se trata de juegos con más de cinco años a sus espaldas que requieren de una exhaustiva actualización. También lo es el incluir un buen número de extras que aporten un valor añadido a la experiencia jugable y satisfagan a los más coleccionistas. Sin embargo, por encima de todo, lo que más justifica el lanzamiento de una revisión de estas características es que esos juegos sean realmente relevantes, que su singularidad les haga aptos para ser disfrutados por todos aquellos que en su día no tuvieron la ocasión de probarlos. En definitiva, que hayan dejado su huella –o al menos puesto su granito de arena- en la historia de los videojuegos.

Esto es precisamente lo que hace que celebremos la llegada de BioShock: The Collection, un recopilatorio que llevaba mucho tiempo rumoreándose y que apenas ha tardado unos pocos meses desde su anuncio en llegar a nuestras manos.

La colección recoge los tres juegos de la saga que desarrollaron Irrational Games y 2K Marin de 2007 a 2013. Un viaje que comenzó con el BioShock original, sucesor espiritual de System Shock, y que nos llevaba a la ciudad sumergida de Rapture, una utopía creada por el magnate Andrew Ryan que escapaba de las fronteras marcadas por la autoridad política, económica y religiosa que dominaba el resto del mundo.

Allí conocimos a las Little Sisters, incansables recolectoras de ADAM, y a sus guardianes, los Big Daddies, así como a un abanico de personajes que eran un fiel reflejo de aquello que había llevado a esa sociedad distópica a su autodestrucción. Todas esas complejas tramas fueron completadas con una secuela que, si bien no pudo sorprender como su antecesor y que repetía ciertas mecánicas, nos dio la oportunidad de meternos en la escafandra del poderoso Delta.

Su misión, como buen Big Daddy, consistía en encontrar y proteger a la pequeña Eleanor en una odisea submarina en la que éramos testigos de los acontecimientos resultantes de todo lo ocurrido en nuestra primera aventura. Caminar por el fondo marino o combatir haciendo uso del taladro eran algunos de los aspectos diferenciadores de un título ciertamente continuista tanto en ambientación como en la jugabilidad, en la que el uso de armas de fuego y de los poderes que nos proporcionaban los distintos plásmidos a nuestra disposición eran la tónica general.

Tuvo que llegar BioShock Infinite, de nuevo con Ken Levine a los mandos del proyecto, para dar un salto colosal en la franquicia. Tanto, que la acción se trasladó a los mismísimos cielos, en concreto a la ciudad suspendida de Columbia. Un pintoresco lugar regido por el misterioso Comstock y en el que el detective privado Booker DeWitt debía rescatar a la joven Elizabeth de las garras del tirano. Todo para saldar una deuda del pasado.

El nuevo rumbo de la saga no sólo fue evidente en lo puramente visual, sino también en un enfoque mucho más dirigido a la acción y que, aunque seguía prestando especial atención a la narrativa, le hacían ganar muchos puntos como shooter. Además, las ventajas que otorgaban los poderes de Elizabeth en el campo de batalla y el uso del skyhook, un arma que acababa siendo fundamental para engancharse a los raíles y desplazarse por los escenarios desafiando a la gravedad, le dieron una fuerte personalidad.

Si a día de hoy jugar a estos tres juegos sigue siendo una experiencia de lo más inmersiva es en gran medida gracias al excelente diseño del que todos gozan y que es capaz de suavizar cualquier desfase técnico que podamos advertir. De hecho los tiene, sobre todo en los dos primeros donde la estaticidad de los rostros o lo rudimentario de ciertas físicas y animaciones no ocultan que hace mucho que dejaron estar en lo más alto tecnológicamente hablando.

Es por ello que sorprende nuestra propia impasividad ante estas deficiencias. La ambientación, cargada de elementos y sintonías propias los años 50, sigue siendo sobrecogedora y explorar los rincones de Rapture hasta encontrar todas y cada una de las grabaciones que detallan lo que allí ocurrió es una tarea mucho más tentadora que en la gran mayoría de juegos.

Algo parecido ocurre con sus mecánicas que, más que envejecer –reconozcámoslo, el género no ha cambiado tanto en la última década- simplemente han sido replicadas por muchas otras producciones, de ahí que no sean tan frescas si bien perfectamente válidas a día de hoy.

Porque si algo hay que tener claro respecto a BioShock: The Collection es que la esencia de estas obras se ha mantenido intacta, más allá de lo que Blind Squirrel Games haya podido pulir su apartado gráfico. Lo cierto es que el trabajo ha sido moderado, por lo que lejos de encontrarnos con una revolución a este respecto, cabe decir que las mejoras que encontramos serán una mayor definición, mejores efectos en elementos como el agua –en algunas escenas muy loable- o el fuego, la incorporación de múltiples detalles para embellecer los escenarios y los fondos pero sobre todo una revisión de todo lo relacionado con la iluminación, desde el característico juego de luces y sombras de Rapture a la calidez de los rayos del sol que bañan Columbia. Son de agradecer, sin duda, al igual que esa resolución de 1080p y los 60 FPS que a día de hoy son básicamente una obligación.

Pero la colección no sólo se queda en los tres juegos a los que hemos hecho mención, sino también a todos los DLCs que fueron lanzados a posteriori –excepto aquellos dirigidos al multijugador de BioShock 2 que ha sido eliminado- y que forman parte del pack. No es algo trivial, pues muchos de ellos aportan un buen puñado de horas de juego e incluso cierran importantes cabos sueltos para redondear argumentalmente la trilogía y trazar los nexos entre sus entregas.

A modo de repaso, en BioShock se incluye las Salas de desafíos, que como su propio nombre indica son escenarios donde tendremos que superar diversos retos, ya sea rescatar a Little Sisters abatiendo a sus Big Daddies o superar oleadas de enemigos bajo ciertas circunstancias.

BioShock 2 incluye uno de los principales caramelos, la mini campaña Guarida de Minerva que nos proporcionará algo menos de 5 horas de juego en las que haremos nuevos descubrimientos a los mandos de otro Big Daddy de la serie Alpha. También estará disponible el modo Las pruebas del protector, que hace hincapié en una de las principales mecánicas de la segunda parte que se basaba en proteger a nuestra Little Sister de los ataques de los splicers mientras recoge el ADAM.

En BioShock Infinite tendremos acceso a diversos paquetes de mejoras y armamento y al llamado Recompensas de la revolución industrial, un curioso modo en el que adoptaremos el papel de un trabajador de una fábrica de Columbia y que, una vez completemos una serie de rompecabezas que consisten en utilizar correctamente varios engranajes para hacer funcionar una cadena de montaje, ganaremos mejoras en combate, monedas y ganzúas para la aventura principal.

Más interés tienen Enfrentamiento en las nubes, de nuevo una típica arena de combate en la que salir victorioso de las oleadas enemigas, y sobre todo las dos partes de Panteón Marino, el broche final a todo aquello que el jugador ha vivido en una convergencia de ambos universos. Puro cine negro aderezado con ciencia ficción que hace uso de los personajes principales de Infinite y localizaciones de la ciudad de Rapture antes de la debacle.

Para terminar, mencionar el Museo de las ideas huérfanas, una bonita sala de exhibición en la que podremos admirar el diseño 3D de diversos modelos descartados durante el desarrollo del primer BioShock, así como una serie inédita de vídeos llamados Imagining BioShock en los que Ken Levine y Shawn Robertson comentan su obra y que nos obligarán a buscar los rollos de película que los desbloquean en los escenarios del primer juego.

Efectivamente echamos en falta que los otros dos títulos, sobre todo BioShock Infinite, hubiesen tenido algún extra similar en forma de documental, galerías de bocetos o cualquier otra sorpresa, ya que en este sentido es el original el que recibe todo el cariño.

Cuesta no recomendar este BioShock: The Collection. Tal vez aquellos que en su día jugaron a estos clásicos e hicieron acopio de todos sus descargables no encuentren suficientes alicientes para adquirir este recopilatorio. Sin embargo, a buen seguro serán muchos los que se perdieron al menos alguna de estas entregas o que simplemente les apetece revivir los buenos momentos que nos dejaron en sus versiones de mayor calidad. Si es así, como diría el señor Ryan, elegid lo imposible.

 

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