Juego de Tronos: final de la temporada 7 entre lobos y dragones

HBO cierra la séptima temporada de su aclamada serie con el capítulo más largo emitido hasta la fecha. Un episodio que sigue con diligencia la pauta marcada por la ficción en el pasado, primando la complejidad argumental frente a esos épicos enfrentamientos que suelen adelantarse ligeramente a una conclusión que en esta ocasión no es más que un punto y aparte, preparando al espectador para esa traca final que está por venir.

Esto no significa que esta tanda de capítulos haya gozado de tramas con la profundidad que caracteriza a esta ficción, de hecho se trata de la temporada con el planteamiento más directo y efectista de cuantas llevamos. Esto no sólo se debe al generoso presupuesto con el que ha contado, sino a la necesidad de los guionistas de comenzar a cortar algunos hilos de esa tela de araña que han ido tejiendo con esmero durante los últimos años para así ir tomando impulso hacia el inevitable desenlace de la guerra por el Trono de Hierro.

Entendemos la decisión, pues habría sido una temeridad seguir enredando con nuevos personajes y confabulaciones sin tener el resto de frentes bien atados. Sin embargo, nos es imposible no tener la sensación de que la serie ha perdido cierta garra, que ha mutado en un producto televisivo cuidadosamente confeccionado para otorgar a sus seguidores más satisfacciones de las que nos tenía acostumbrados.

Tal vez sobrepasar el material de base firmado por R.R. Martin haya otorgado a los guionistas cierta libertad a la hora de adaptar el relato a este medio, lo cual no ha de ser forzosamente malo. Sí, hace tiempo que no tenemos una Boda Roja o una de esas escenas tan memorables por su dramatismo y su imprevisibilidad que crean afición, sin embargo la serie se ha enriquecido con un plantel de protagonistas que ve aumentado su bagaje en una historia que, dicho sea de paso, también ha contado con algunos golpes de efecto muy interesantes.

Porque sí, sería injusto obviar diversos momentos de envergadura como el distanciamiento de Jaime y Cersei tras revelarse la ruptura de la tregua a la que momentos antes se había sometido la regente, el juicio de Meñique orquestado por las hermanas Stark que acaba con la ejecución del mayor maquinador que ha dado Juego de Tronos –lo cual no es decir poco-, y sobre todo la destrucción del Muro a manos del Rey de la Noche con la ayuda de su nueva mascota, un formidable Viserion ahora sometido a la voluntad del líder de los Caminantes Blancos.

Puro sentido del espectáculo que pone el broche de oro en una temporada en la que hemos tenido sangrientos abordajes, asedios en masa, cabalgatas bárbaras, dragones reduciendo ejércitos a cenizas y héroes luchando codo con codo contra el horror de los muertos. La excelencia visual de todas estas escenas y lo entretenidas que han resultado nos han hecho pasar por alto todas esas pequeñas trampas de la producción que a buen seguro serán comentadas por los fans durante largo tiempo –qué decir de esos cuervos capaces de superar al mismísimo Varys en sus viajes transoceánicos- y que, en definitiva, han tenido la función de precipitar los acontecimientos para asegurar que la historia avanza sin demoras innecesarias.

En este sentido, y con vistas a no entorpecer una temporada final que presumiblemente fluirá rauda y veloz, ha sido crucial la recuperación de muchos personajes que habían quedado algo descolgados y a los que se ha dado un último momento de gloria. Es el caso de Benjen Stark y su último servicio a la Guardia de la Noche, el desplante final de una Olenna Tyrell que ya añoramos –“Dile a Cersei que quiero que sepa que fui yo”-, el cruel destino de Ellaria unido a la derrota de las Serpientes de Arena e incluso la aparición sorpresa de Nymeria, tan imponente como indomable.

Además del cierre de todas estas tramas el final de la temporada ha querido sellar algunas de las incógnitas de la serie, si bien muchas de ellas en realidad ya habían sido más o menos resueltas limitándose a añadir nuevos detalles al respecto. Más allá de confirmarnos la traición de Lord Baelish y el papel que jugó en el asunto de la daga y la posterior enemistad entre las casas Stark y Lannister, se ha querido ahondar un poco más en los orígenes de Jon Nieve y su legado Targaryen, aportando incluso su verdadero nombre: Aegon. Lejos de ser una sorpresa, pues ya fuimos testigos de su nacimiento en las visiones de Bran, sirve para reforzar la unión del Rey en el Norte y Daenerys, un romance que independientemente de las discusiones sobre la química entre ambos protagonistas, cobra una mayor dimensión.

Tal vez esta séptima temporada no haya sido la más equilibrada de todas las que acumula la serie, ni la que más veces ha logrado dejarnos sin aliento, pero no cabe duda de que ha sido de las más disfrutables. Ha seguido alimentando nuestra fascinación por una villana tan majestuosa y mortal como Cersei, sacándonos la sonrisa con cada comentario socarrón de Bronn y Tormund, sintiendo cada reencuentro como si estuviésemos en lo más hondo de las criptas de Invernalia y sobre todo ha dejado volar nuestra fantasía más lejos que nunca a lomos de cuervos y dragones. Una cosa está clara, nos aguarda uno de los años más largos de nuestra vida.

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