Orgasmos, la comedia: lo de Adán y Eva no era una fase

Que la guerra de sexos es uno de los temas más recurrentes de la comedia de ayer y de hoy está fuera de toda duda. Que la mayoría de estas obras llevan años nutriéndose de unos clichés perfectamente identificables por el gran público y que a menudo nosotros mismos nos sorprendemos utilizando en nuestra vida diaria para frivolizar sobre las relaciones de pareja, pues también.

Qué le vamos a hacer, a veces nuestro cavernícola interior emerge con sonrisa pícara sólo para darnos golpecitos con el codo y recordarnos que a los hombres les tiran más dos tetas que dos carretas y que esas cosas que suelen decir ellas como que el tamaño no importa es una falacia del tamaño de la Puerta del Sol. Y nosotros nos reímos, sí. Porque uno de los fundamentos del humor es precisamente jugar con los convencionalismos, con todas esas ideas implantadas en el imaginario social y que son susceptibles de ser hiperbolizadas hasta límites insospechados y con una finalidad tan simple como es arrancar una sonrisa a todos aquellos dispuestos a pasar un rato divertido.

Orgasmos, la comedia deja muy claras sus pretensiones desde el minuto uno, cuando sus dos únicos actores saltan al escenario dando rienda suelta a un breve número musical que, tal y como ellos mismos aclaran nada más finalizarlo, no es representativo de una función en la que el monólogo y el sketch se fusionan dando pie a un buen número de situaciones para nada atípicas y que serán abordadas desde el punto de vista de cada género.

Los protagonistas, herederos contemporáneos del mito de Adán y Eva, nos demuestran a través de toda una serie de conflictos que la convivencia entre hombres y mujeres no ha cambiado tanto desde el principio de los tiempos.

Si la propuesta funciona es en gran parte gracias a sus intérpretes, Leo Rivera y Dulcinea Juárez. Él se desenvuelve a la perfección en un papel que es la quinta esencia del gañanismo masculino –creedme si os digo que al final de la función se hace muy difícil pensar en otro actor capaz de suplirlo- mientras que ella se vuelca en el rol de su coqueto contrapunto con grandes dosis de locura y descaro. Como buenos cómicos, ninguno rehúye la oportunidad de sobreactuar cuando la ocasión así lo requiere y su buena sintonía les permite convivir sobre las tablas durante prácticamente todo el espectáculo retroalimentándose constantemente.

Ellos solitos se bastan para sacar adelante una obra con una puesta en escena sencilla y efectiva, que no requiere más que una cama anclada al fondo del escenario, un par de sillas y un globo –elemento desternillante de uno de los momentos más picantones del espectáculo- para complementar la labor de los actores, que son los que merecen todo nuestro interés y los que a menudo se esfuerzan por hacer partícipe al público de sus cavilaciones, lo cual suele generar no pocas miradas cómplices entre los asistentes

Y es que cada sketch ha sido concebido para obtener una respuesta de los espectadores, los cuales se verán reflejados en muchas de las piezas que se representan ante ellos y que implican sesiones de shopping, ejercicios memorísticos un tanto delicados, procesos de toma de decisiones con la carta del restaurante en la mano o carantoñas en la privacidad del dormitorio. Sobra decir que Orgasmos, la comedia se disfrutará más si acudimos al teatro acompañados de nuestra pareja, con la que reírnos a gusto incluso con los gags más facilones.

Porque no, no se trata de una obra en la que vayamos a disfrutar de un complejo estudio en torno a las relaciones de pareja y su problemática. Tampoco va dirigida a aquellos que suelan exasperarse con textos que se regodean en los tópicos asociados a cada género y que tratan con ligereza aspectos derivados de la sempiterna lucha de sexos. Todo tiene su público, y lo que aguarda en el Pequeño Teatro Gran Vía es una nueva apuesta por hacer comedia de lo cotidiano y con un enfoque que al menos de momento sigue sin fecha de caducidad. ¿Por qué no iba a ser disfrutable?

 

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