The Orville, Seth MacFarlane reinventa la utopía trekkie

Qué lejanos nos parecen a día de hoy esos viajes primigenios del USS Enterprise. Los que no tenían mayor finalidad que explorar lo inexplorado, llegar hasta donde ningún hombre había podido llegar. Esa última frontera que tantos y tantos capitanes intrépidos se esforzaron por alcanzar espoleados por un espíritu aventurero que cautivó a los amantes de la ciencia ficción televisiva a lo largo de sucesivas temporadas y relevos generacionales.

Ahora a muchos de ellos les cuesta reconocer la obra de Gene Roddenberry, que con el paso de los años se ha visto obligada a reinventarse para seguir atrayendo a una nueva hornada de espectadores acostumbrada a la modernidad de un medio que tiende a oscurecer producciones que antaño gozaban de un contenido más liviano. Star Trek Discovery, que ha tomado buena nota de algunos aspectos de ese nuevo universo trekkie creado por J.J. Abrams para el cine, es un buen ejemplo de ello, una serie que en pos de dotar a su relato de una mayor continuidad y sofisticación, rompe con varias de las bases conceptuales de la propia franquicia.

Esta precuela abraza un enfoque más belicista, dando lugar a capítulos en los que la rectitud moral de la tripulación no tiene el peso que tenía antaño a la hora de resolver los conflictos y cuyas tramas acostumbran a tomar un cariz cuanto menos dramático. Un nuevo rumbo para una ficción que, pese a dividir a los fans, ansía convertirse en el principal referente de un género en constante metamorfosis y que parece decidido a no recrearse en el pasado.

Por eso resulta tan sorprendente la llegada de The Orville, una serie que se congratula de ser una alegre contradicción en pleno 2018. Su creador, Seth MacFarlane, nunca ha ocultado su pasión por Star Trek, de ahí que no haya cesado en su empeño hasta crear su propia space opera. Una que no sólo rindiese tributo a uno de los grandes mitos de la televisión, sino también que estuviese confeccionada a su medida y en la que pudiese desplegar ese humor tan ácido y gamberro que siempre ha sido su sello personal y que le ha granjeado la reputación de enfant terrible de la pequeña pantalla.

La comedia de FOX hace gala de un asombroso clasicismo en su formato, siendo una sucesión de episodios autoconclusivos en los que el capitán Ed Mercer deberá emprender las misiones más arriesgadas lidiando con alienígenas hostiles y tomando parte en enrevesadas pugnas interplanetarias. Todo ello acompañado por sus inestimables oficiales, a cuál más variopinto, y entre los que se encuentra una jefa de seguridad que compensa su juventud con una fuerza física descomunal, un androide capaz de asumir las más complejas labores científicas o una decidida primer oficial que resulta ser… la ex mujer de Mercer.

Las características únicas de cada miembro de la tripulación son vitales no sólo para el desarrollo y resolución de las tramas que nos plantean, sino que además son el perfecto caldo de cultivo para infinidad de gags. El humor que impera en la serie se acuerda con frecuencia de los referentes de los que bebe, pero también se recrea en lo cotidiano y en la cultura popular de ayer y de hoy. ¿Se imaginan a un extraterrestre afrontando la depresión comiendo helado de chocolate mientras ve Sonrisas y lágrimas? ¿O a una extraña raza de seres estudiando fascinados a la humanidad a través de las distintas entregas del reality de las Kardashians?

Pese a todo, MacFarlane ha tenido especial cuidado de no rebasar ciertos límites que en cualquier otra de sus producciones no habría dudado en dejar atrás, tal es el cariño que le profesa este padre a su criatura. De ahí que pese a toda esa chanza e irreverencia que destilan los guiones, el creador de Padre de familia se muestre más contenido y menos incorrecto que de costumbre a fin de no desequilibrar un producto con más pretensiones de las que en un principio adivinamos y que es muy consciente del legado de aquellos que en cierto modo han hecho posible The Orville.

Gracias a ello, la ficción puede dedicar sus episodios a explorar temas como la homosexualidad, el deterioro emocional de la pareja o el fanatismo religioso sin vulnerarlos y dejando alguna que otra pincelada reivindicativa, siempre desde su propia órbita. A veces le cuesta ser tomada en serio, al menos cuando lo pretende, pero no cabe duda de que esa inusual mezcla de comedia y drama otorga cierta personalidad a una fórmula que acaba siendo de lo más entretenida.

El reparto, pese a no sobresalir a nivel interpretativo, resulta divertido y convincente. Además, a juzgar por lo visto en la primera tanda de capítulos, se verá enriquecido habitualmente con cameos de la talla de Liam Neeson o Charlize Theron, a los que ya vimos junto a MacFarlane en la cinta Mil maneras de morder el polvo. Si a esto le sumamos un diseño de producción muy efectivo, obtenemos una serie muy disfrutable, libre de complejos y con mucho recorrido si la audiencia respeta su propuesta. Debería, pues se trata de uno de esos estrenos que merece la pena descubrir.

 

“No existe lo desconocido, sólo lo temporalmente desconocido” – James T. Kirk

 

 

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