Crítica de Ready Player One, universo de universos

Que Steven Spielberg siempre se ha visto como aquel Peter Pan al que Robin Williams dio vida en su Hook es algo que él mismo ha reconocido en varias ocasiones. El afamado director ha dado muestras a lo largo de su filmografía de seguir siendo ese niño que se resiste a crecer, a perder la ilusión por el juego, a dejar de asombrarse y en definitiva a permitir que el inexorable paso del tiempo lo desconecte de unos imaginarios colectivos en constante metamorfosis.

Es esta faceta tan característica del Rey Midas de Hollywood la que le proporciona esa versatilidad detrás de las cámaras y la que de vez en cuando le mueve a embarcarse en proyectos como Ready Player One, una cinta que pese al apabullante despliegue digital del que hace gala se siente como una gran aventura juvenil. De esas que triunfaban en las salas en la década de los ochenta y a las que rinde tributo en esta adaptación de la novela de culto de Ernest Cline.

La película configura su narrativa saltando constantemente del mundo real desgastado y desalentador en el que vive el joven Wade a ese ilimitado universo virtual llamado OASIS a través del cual la gente escapa de su triste existencia proyectándose en forma de avatares y dando rienda suelta a sus más excitantes fantasías. Dos caras de la misma moneda que en ocasiones conviven plano a plano sin que una se sienta intrusa de la otra, tal es el dinamismo y la excelencia que el realizador imprime en todas y cada una de las secuencias que conforman el filme.

La cacería del huevo de Pascua de Parzival goza de un ritmo fabuloso, medido al milímetro y que destierra cualquier atisbo de tedio a lo largo de las casi dos horas y media de metraje, en el que seremos testigos de carreras a toda velocidad y batallas multitudinarias tan efectistas como supeditadas a la cultura pop que se ve retratada no sólo en lo cinematográfico, sino también en lo televisivo, en lo musical, en el terreno del ocio electrónico y en definitiva en mil y un elementos aromatizados de espíritu ochentero y que despliegan un abanico iconográfico de gran impacto en lo cotidiano y poderoso en lo nostálgico.

La sensibilidad hacia lo retro del relato original se mantiene en diversos compases, si bien el filme se ve obligado a abarcar mucho más. Hay cierta contemporaneidad que asumimos necesaria para llegar a las generaciones más actuales, de ahí que podamos ver en una misma secuencia al cíclope de Sinbad caminando junto a los iconos de la industria videojueguil más notorios de los últimos años.

También hay espacio para que Spielberg se autohomenajee, en cierto modo consciente de que su contribución al cine ha sido tan determinante a la hora de concebir gran parte de los elementos que conforman esta amalgama de universos que difícilmente podrían haber encontrado un director tan propicio para dar vida a la propuesta de Ready Player One que el responsable de Encuentros en la tercera fase.

El coste de esta estimulante montaña rusa es un tratamiento de los personajes un tanto vacuo, en el que apenas se exploran sus motivaciones o se trabaja en dar cierta consistencia a las relaciones entre ellos, dando la impresión de que un buen puñado de escenas dedicadas a este cometido se quedaron en la sala de montaje. A esta tibieza emocional hay que sumarle el desinterés en profundizar en algunos subtextos como la evasión de la problemática social en pos de los ingenios lúdicos o las secuelas del corporativismo más despiadado y desregulado, pinceladas en un guión que en ningún momento pretende ser más de lo que es, un entretenimiento tan jovial como espléndidamente ejecutado. Una cinta que, cuando llega a su fin, dan ganas de volver a ver sólo para captar cada referencia, cada sutileza, y volver a ser cómplice del juego que nos propone. No es poca cosa.

 

 

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