Lazos Ardientes: Años 90, las nuevas voces del cine, nuevas formas de contar las historias. (II)

Toma segunda

Las películas se convierten en cajas chinas con giros y desenlaces imprevistos

Los que ahora andamos por la cuarentena aún podemos hacer un mínimo esfuerzo de memoria para recordar las películas de nuestra infancia: La Guerra de las Galaxias (1977), Superman (1978), Flash Gordon (1980)… Casi todas las películas infantiles y juveniles de aquella época fomentaban la nostalgia de unos espectáculos añejos, de las revistas pulp a los primeros cómics, de las añejas aventuras de capa y espada a los tan llorados seriales del cine de pipas. ¡Cuán distinta es la cultura audiovisual de alguien que haya nacido solo diez años después! Imaginemos qué pensará de todas estas películas quien haya crecido con Terminator 2: el Juicio Final (1991) o Parque Jurásico (1993), cuya primera pasión cinéfila, ya en la adolescencia, haya sido Matrix (1999).

Si bien durante los años 70 y 80 los grandes directores del cine comercial norteamericano mantuvieron una posición conservadora, recuperando los clásicos de la cultura popular, llegados los 90, los espectadores esperaban con ansia nuevas voces, nuevas formas de contar las historias. Buen ejemplo lo tenemos con Batman, que en manos de Tim Burton recibe un tratamiento hermético, difícil de comprender, donde prima el simbolismo de raíz psicoanalítica por encima de la aventura.

En esos 90, además, triunfaban las películas de vocación indie, que cada vez ganaban mayor importancia desde un punto de vista industrial. Las nuevas generaciones no querían más historias que supiesen a clásico o ya visto. Se valoraba más el sentido del riesgo y la experimentación hacia nuevas formas narrativas que las películas en sí mismas, de ahí el calor con que se recibieran los filmes de cineastas debutantes como Quentin Tarantino o Kevin Smith, que en su afán renovador se convirtieron en puntos de referencia para la década. Éxitos como Reservoir Dogs (1992), Pulp Fiction (1994) o Clerks (1994) demuestran que un producto puede triunfar siendo barato; es más, que siendo barato, estando manufacturado al margen de las majors, resulta más espontáneo para unos espectadores inquietos, que adivinan en los cineastas a los perfectos alter ego.

A menudo, el cineasta de los 90 no se parapeta tras su claqueta de director, sino que adopta un papel protagonista, apelando a la complicidad del espectador en un espectáculo donde más que la articulación de un mundo propio, lo que importa es mostrar las referencias culturales propias con humor y de forma heterodoxa —mezclando a Burt Reynolds con Orson Welles; uniendo el spaghetti-western con el comic book; intercalando slogans de spots publicitarios en los diálogos—. Esta nueva actitud de fan fatal se explica al ver que los nuevos cineastas, antes que cineastas, son aficionados animosos que se ponen tras la cámara decididos a romper tabúes con actitud iconoclasta, de ahí que se conviertan, como decíamos, en un perfecto alter ego para los nuevos espectadores.

Hubo películas visionarias en los 80, como El Corazón del Ángel (1987) o La Escalera de Jacob (1990), que rompían una narrativa clásica por medio de desenlaces desalentadores, que giraban por completo la perspectiva y nos dejaban indefensos ante una conclusión inesperada. Con todo, ninguno de estos dos filmes obtuvo el éxito de otros posteriores, como Sospechosos Habituales (1995), El Club de la Lucha (1999) o El Sexto Sentido (1999). Estos tres últimos son buenos ejemplos de cómo se imponen nuevas formas narrativas, siempre marcadas por la ruptura de la continuidad y el final imprevisto.

Las películas se convierten en cajas chinas donde una sorpresa encierra otra; atrás quedan los desenlaces tranquilizadores y la vuelta al orden… Está claro que aquello de “planteamiento, nudo y desenlace” ya convence a poca gente, e incluso cuando se emplea esta forma de contar las historias, se hace más desde una perspectiva historicista, apelando a la nostalgia, tal y como se ve en el film Lazos Ardientes (1996). Esta fue la película de debut de los hermanos Wachowski, que poco tiempo después revolucionarían no ya el mundo del cine, sino el mundo del ocio —en general—, del diseño, la publicidad y la moda, con esa fábula iniciática para internautas que es Matrix.

 

Por David G. Panadero.

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