Análisis Red Dead Redemption 2 – El crepúsculo de los forajidos

No es nada sencillo analizar un juego como Red Dead Redemption 2. ¿Por dónde empezar? Sería injusto limitarnos a enumerar aquellas novedades respecto a la primera entrega, pues una obra como la que firma Rockstar Games ha de valorarse en su conjunto, como un enorme engranaje que al girar hace que todo este universo cobre vida. Por esta misma razón tampoco podemos hacer un repaso de todos y cada uno de sus elementos, algo inabarcable para un artículo dada la descomunal dimensión del título.

Lo cierto es que a aquellos que hayan jugado al primer Red Dead Redemption les resultará fácil imaginar la gran aventura que les aguarda en su secuela, en la que sus responsables una vez más han destinado una cantidad enorme de recursos para romper las paredes del género que ellos mismos inventaron tal y como lo conocemos hoy en día. Su ambición no sólo les ha hecho producir su mejor juego hasta la fecha, sino también ir más allá de las limitaciones implícitas en su fórmula a base de ambición y una atención al detalle que, simple y llanamente, jamás habíamos visto en la industria.

La historia de Arthur Morgan y los suyos tiene lugar en 1899, en el ocaso del llamado Salvaje Oeste. Tras un atraco en el que las cosas no salieron como estaban previstas, la banda de Dutch Van der Linde se ve obligada a huir de las autoridades trasladando su campamento a nuevas regiones en las que eludir a sus perseguidores y así tener la oportunidad de comenzar de nuevo. Conscientes de que la era de los forajidos toca a su fin, este grupo de inadaptados y truhanes deberán volver a hacer lo que mejor sabe para salir adelante sin ser engullidos por esa civilización que está cambiando el mundo que conocían.

Si bien el argumento principal de la función tiene su atractivo, con algunos giros inesperados y cierta tensión, serán todas esas pequeñas historias que iremos descubriendo a medida que vayamos acumulando horas frente a la pantalla las que nos resulten más gratificantes. Interactuar con aquellos que comparten nuestras desventuras nos proveerá de información sobre el pasado de nuestros camaradas, su relación con el grupo y por supuesto sus motivaciones. Son personajes complejos y memorables, que irán pintando un tapiz en el que también podremos aportar nuestras propias pinceladas, pues no dudarán en hacernos partícipes de sus propios asuntos. Encontraremos verdaderos sociópatas, pillos incorregibles e incluso visionarios capaces de todo en pos de alcanzar un sueño imposible, tipos de lo más heterogéneos y que merece la pena llegar a conocer, del primero al último. Muchos de ellos ya sonarán a los más veteranos, como ese joven John Marston que tan buenos ratos nos hizo pasar en la pasada generación, lo cual no hace más que acentuar el interés por los acontecimientos de esta precuela a sabiendas de cómo acabará todo.

El verdadero significado de la lealtad, las ansias de libertad o la supervivencia del más fuerte son algunos de los temas que se irán tratando a lo largo de una trama con tintes dramáticos pero en la que también hay espacio para la crítica social –esa “civilización” que viene a proscribir los tiempos de la ley del revólver y que acaba mostrando su lado más brutal- y el humor mordaz, sin duda el legado de un equipo que acumula muchos años al frente de la saga Grand Theft Auto.

Tal vez el mayor mérito de Red Dead Redemption 2 sea la ruptura de la consabida jerarquía de misiones, algo en lo que tiene mucho que ver su tipo de narrativa. Ya no encontraremos cometidos principales y secundarios, pues todas y cada una de nuestras correrías contribuirán al avance de la campaña y a la consecución de unos objetivos que no sólo marcarán los próximos pasos el protagonista, sino los de toda su banda. De ahí que todos y cada uno de ellos estén muy cuidados y sean lo suficientemente variados como para no tener la sensación de estar ante tareas genéricas como ocurre en tantos y tantos juegos de mundo abierto. Es más, en ningún momento se abusa de alguna mecánica hasta el punto de quemarla, de ahí que el título no pierda su frescura.

Más allá de las más de 100 misiones que componen la historia central, el bueno de Arthur acumulará un buen número de encargos que podrá ir completando mientras explora cada rincón de los distintos territorios a modo de desafíos, tales como hallar bandas rivales dispersas por doquier, cazar animales legendarios, aprender más de la extensa flora y fauna o capturar forajidos entre muchos otros. No son requerimientos indispensables para el devenir de la trama, de ahí que apunten directamente a aquellos jugadores más completistas y a los que quieran sacarle el máximo jugo a la experiencia.

El mundo abierto creado por los chicos de Rockstar goza de una fluidez sin precedentes. Lo que ocurre en él no se centra en las acciones o las necesidades de nuestro personaje, sino que seremos nosotros quienes deberemos adaptarnos a nuestro entorno y aprovechar las posibilidades que nos ofrece. Cabalgar a lo largo y ancho del vasto mapa implica cierta imprevisibilidad, ya que en cualquier momento podemos ser testigos de algún suceso al que podremos prestar atención o no. Una mujer pidiendo ayuda para volver a casa después de que su caballo se haya desplomado, un viajero que necesita asistencia tras ser mordido por una serpiente o un grupo de bandidos que nos tenderá una emboscada para robarnos nuestras pertenencias, ninguno de estos hechos tienen repercusión alguna en el argumento pero sí en nuestro viaje, en nuestra continua experiencia de juego.

Porque aquellos que busquen en Red Dead Redemption 2 un juego de acción frenética es fácil que acaben llevándose una decepción. La vida de un pistolero está llena de tiroteos, asaltos y huidas a caballo, las hay y en generosa proporción. Sin embargo, estamos ante una obra que te exige sumergirte en su universo con calma y con dedicación, que es capaz de ponernos en situaciones límite en las que la espectacularidad se dispara para acto seguido trasladarnos a un campamento en el que podremos sentarnos tranquilamente junto a una hoguera tomando un trago con los nuestros, escuchando sus anécdotas y sus canciones hasta el amanecer e incluso aceptando la proposición de baile de alguna de las damas.

No, no es un juego para todos los públicos. Ya avisamos que se pasa mucho más tiempo cabalgando de un lugar a otro que desenfundando el arma, y que pasar tiempo con la “familia” resulta fundamental no sólo en términos de narrativa, sino también en lo que respecta a la jugabilidad, pues muchas de nuestras conversaciones nos harán formar parte de algún descabellado plan para ganar unos cuantos dólares o aprender un par de lecciones sobre cazar con nuestro arco o la compra de suministros en las tiendas de las localidades que visitemos. Es tanto lo que podemos hacer que los primeros capítulos tendremos la sensación de estar inmersos en un gigantesco tutorial en el que cada tarea a realizar nos dará acceso a algo nuevo, ya sea pescar con nuestra caña, unirnos a partidas de póker o pelearnos a puño descubierto en la taberna.

Las mecánicas dispuestas para llevar a cabo todas estas acciones han sido diseñadas con gran corrección, aunque a decir verdad no hay nada que no hayamos visto ya en otros juegos o en lo que se haya querido ir un paso más allá. Las posibilidades son muchas y están muy bien implementadas, aunque se ha preferido ir a lo seguro y garantizar su buen funcionamiento antes de arriesgar demasiado. Dominarlas todas requerirá tiempo, de ahí que su aprendizaje sea muy progresivo, algo indispensable para ir haciéndonos con los controles del personaje que a decir verdad en cierto aspectos no resultan tan intuitivos como cabría esperar.

El juego ha optado por introducir en su fórmula varios elementos que lo acercan a otras propuestas que giran en torno a la supervivencia. No es algo demasiado acusado pero sí fomenta ese realismo que los desarrolladores han buscado con tanto ahínco. Por ejemplo Arthur deberá pararse a descansar en algún momento y buscar sustento con el que mantenerse fuerte y con buena salud, tal y como mostrarán los indicadores en pantalla relativos a su vitalidad y resistencia. Estos iconos no sólo marcan la vida que nos queda tras sufrir heridas en un tiroteo o el tiempo en el que podremos mantener el ritmo en carrera, sino también el estado en el que nos encontramos a nivel general y que puede repercutir en nuestro rendimiento. De ahí que debamos buscar tiempo para acampar, dormir unas cuantas horas y cocinar algo nutritivo, cuanto más elaborado mejor. Por otro lado, la vestimenta del personaje deberá ir acorde con el territorio en el que estemos, abrigándose al máximo en la alta montaña y haciendo uso de atuendos más ligeros en zonas áridas.

Aunque no estemos ante un juego de rol propiamente dicho, el título no duda un instante en incorporar algunas características propias de este género que sirven a sus propósitos. Y no sólo hablamos de la gestión del inventario y la búsqueda de botines en los enemigos caídos y en los escenarios, sino también en lo que respecta a la configuración del carácter del propio Arthur. Nada de lo que hagamos tendrá un efecto significativo en su historia, sin embargo a menudo se nos plantearán elecciones como ayudar a ciertas personas o abandonarlas a su suerte o bien actuar de forma ruda en vez de ser diplomáticos y que nos labrarán una reputación de tipo duro y sin escrúpulos o de sujeto honesto y con ciertos valores. Ojalá se hubiese profundizado algo más en este sistema, aunque nuestra forma de jugar no pasará desapercibida entre los nuestros, que nos tratarán en base a su percepción de nosotros. Merece la pena tenerlo en cuenta, pues la vinculación con los miembros de la banda nos acabará importando de verdad.

Tal vez por eso mismo estaremos siempre muy pendientes de que el campamento prospere, invirtiendo nuestros botines en mejorar sus suministros con tónicos o munición y también realizando donaciones no sólo en forma de dinero, también podemos llevar un ciervo al carnicero para la cena o valiosas pieles que hayamos ido reuniendo en nuestras cacerías.

Mención especial merece nuestro caballo, sin duda uno de los bienes más preciados del juego no sólo por ser nuestro principal medio de locomoción, sino también por su utilidad a modo de segundo inventario y por todo ese abanico de tareas que podremos realizar con su inestimable ayuda. Nuestro corcel, que cuenta con indicadores de salud y resistencia similares a los de Arthur, necesitará cuidados periódicos, o lo que es lo mismo una buena alimentación y un cepillado de vez en cuando. Cuantas más horas pasemos sobre la silla de montar y mejor lo tratemos jinete y corcel irán fraguando una mayor complicidad, la cual no sólo repercutirá en el control y en el rendimiento del animal, sino también en su comportamiento. Por ejemplo, si nuestro vínculo es fuerte es menos probable que nos acabe tirando al suelo en caso de ponerse nervioso al sentir a un depredador en las cercanías.

Hay muchas razas disponibles que podremos comprar en función de su velocidad, resistencia o capacidad de carga, y que tendremos disponibles en los establos repartidos por el territorio. Eso sí, hay que señalar que la muerte de los caballos es permanente, de ahí que sea aconsejable jugar con cierta prudencia y así evitar que nuestro compañero pueda perecer al caer por una pendiente o al golpearse contra un árbol en plena carrera. Este tipo de contratiempos pueden suceder en cualquier momento, por lo que es posible que en algún momento nos encontremos ante una de esas escenas tan propias de los westerns en las que el protagonista debía acabar con la vida de su corcel moribundo y poner punto y final a su sufrimiento. Sí, es por este tipo de cosas por las que decimos que Red Dead Redemption 2 no es un juego al uso, que no necesita de niveles llenos de pirotecnia para generar momentos inolvidables, de los que de un modo u otro quedan en la retina del jugador.

Si bien estamos ante un título que a menudo nos demanda ser meticulosos y bastante pacientes, no hace gala de una dificultad ni mucho menos desproporcionada, tal y como se puede comprobar cuando las balas comienzan a silbar. Existen ayudas bastante evidentes, como ese apuntado automático que nos facilitará mucho las cosas y que en todo caso se puede desactivar. También vuelve el modo Dead Eye, que ralentiza el tiempo durante unos instantes dándonos tiempo a marcar nuestros objetivos garantizando que cada disparo de en el blanco como si nos hubiese poseído el mismísimo Clint Eastwood. Estamos de hecho ante una evolución del sistema del que ya hizo gala su predecesor ya que esta vez podremos cargarlo apretando suavemente el gatillo, lo cual hará que la mano de Arthur se vaya acercando poco a poco hasta la empuñadura del arma como ocurría en tantos clásicos del cine, hasta por fin desencadenar el efecto deseado. Aunque se trata de un recurso que a menudo nos sacará de los peores aprietos acabando con varios oponentes a la vez o desarmando a nuestro rival con un poco de pericia, concluir nuestros duelos de una forma tan cinematográfica no puede ser más placentero.

En todo momento tendremos la posibilidad de cambiar de tercera a primera persona, lo cual nos ha parecido bastante ventajoso durante algunos tiroteos. De todas formas, y aunque el juego en ocasiones cambiará a esta perspectiva automáticamente de manera muy puntual en capítulos que suelen salirse de lo convencional, es indudable que la aventura ha sido concebida para disfrutarse sin perder de vista al personaje principal, algo que no solamente fomenta su interacción con el entorno sino que además nos permite disfrutar de sus extraordinarias animaciones, muchas de ellas únicas, y que conforman todo un despliegue técnico.

Porque sí, nos encontramos ante un verdadero portento, un juego que a pesar de representar un inmenso mundo abierto es capaz de codearse con los mejores en apartados como las físicas, las texturas e incluso la inteligencia artificial de nuestros enemigos, los cuales no dudan en parapetarse, cambiar de posición a la carrera e incluso flanquearnos dividiendo a sus efectivos con tal de que mordamos el polvo.

Sus bosques, praderas, ríos y desfiladeros son todo un espectáculo, un patio de recreo repleto de paisajes naturales de los que quitan el hipo sin que en ningún momento se rompa la coherencia ambiental o tengamos la sensación de que se nos están mostrando los mismos elementos una y otra vez. El nivel de detalle de todo cuanto nos rodea, sea de índole natural o artificial, es sobrecogedor. Son tantos los rincones por descubrir y los secretos y referencias que atesoran sus distintos escenarios que estamos seguros de que pasarán semanas e incluso meses hasta que la comunidad logre hacerse eco de todo lo que esconde.

Impresiona comprobar cómo los distintos entornos cambian en función de la iluminación dinámica y la climatología. Si de pronto comienza a llover, veremos cómo las gotas comenzarán a incidir en el agua de un cubo que alguien ha dejado olvidado en plena calle, cómo los habitantes empapados buscarán refugio y se empezará a formar barro en los caminos. Una mera tormenta no solo afectará a cuanto nos rodea a nivel visual, sino también incidirá en la jugabilidad. No es lo mismo caminar y cabalgar por terreno seco que por uno encharcado o con varios pies de nieve, y de igual modo tampoco será igual salir de caza en un día soleado, con los animales correteando por doquier, que en mitad de un chaparrón cuando se encuentran ocultos en sus guaridas.

Incluso los mejores apartados gráficos tienen sus puntos débiles, como son un ligero popping que hemos notado en momentos muy puntuales o algunos aspectos que no están al nivel de los mejores, como la poca expresividad de varios de los personajes secundarios y que penaliza el acabado de sus diálogos. No todo puede ser perfecto, aunque sí hay que admitir que el rendimiento del juego en términos generales es impecable y más teniendo en cuenta todo lo que abarca.

Si decimos que Red Dead Redemption 2 es una superproducción con mayúsculas no es sólo por lo que vemos, sino también por lo que oímos. Además del gran repertorio de efectos de sonido que podremos experimentar, acorde con ese exuberante despliegue de especies animales, armas o lugares, no podemos obviar el gran trabajo de Woody Jackson –que ya trabajó en el original- con una banda sonora que nos acompañará a cada segundo con multitud de composiciones que en ningún momento llegan a desentonar. Tampoco podemos olvidarnos del que es desde ya mismo uno de los doblajes más redondos de la historia del videojuego, voces que se adaptan a la perfección a sus personajes y que, con sus respectivos acentos, les aportan carisma y sobre todo credibilidad. Es cierto que una vez más la compañía ha apostado por ser purista y mantener las voces en inglés, lo cual disgustará a muchos, pero al menos en esta ocasión se han cuidado mucho más los subtítulos, ahora más grandes y con un sombreado oscuro para mejorar su legibilidad.

Lo nuevo de Rockstar vuelve a imponerse como un referente de cara al futuro. No por su innovación, que es escasa, sino por esa obsesión casi enfermiza de sus responsables por crear el mejor juego posible otorgándole unos valores de producción sin precedentes. Un mundo abierto sobrecogedor, una narrativa atípica pero en definitiva brillante y sobre todo una apuesta por el realismo que se hace notar desde que comenzamos nuestra partida, cuando intentamos llamar a nuestro caballo y este no aparece como por arte de magia porque lo hemos dejado demasiado lejos como para que haya podido escuchar nuestro silbido. No es Grand Theft Auto, y pese a que volvemos a encontramos con un buen ejemplo de lo que en su día definimos como “juego total” sus pretensiones son muy distintas. No trata la violencia de forma gratuita o paródica, sino como medio para representar la crudeza de una forma de vida agonizante. Una vida de forajidos. De bandas. De familias.

 

“Somos ladrones en un mundo que ya no nos quiere” – Arthur Morgan

 

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