El regreso de Mary Poppins, la vuelta a la niñez

Colin Firth is Wilkins, Emily Mortimer is jane Banks and Ben Whishaw is Michael Banks in Disney’s MARY POPPINS RETURNS, a sequel to the 1964 MARY POPPINS, which takes audiences on an entirely new adventure with the practically perfect nanny and the Banks family.

Intentar reproducir la magia de la niñera casi perfecta en todo era una misión suicida. El clásico de Disney ya era supercalifragilístico: canciones pegadizas, personajes entrañables y el Londres de la niebla, los sueños y las cometas. Y todo por el módico precio de dos peniques.

Además, si el pobre señor Banks (David Tomlinson) estaba pasando una mala racha en plena época eduardiana, el comienzo de Mary Poppins ya nos avisa de que nos encontramos en la Gran Depresión. El pequeño Michael Banks ha crecido, tiene el rostro de Ben Whishaw y es un pobre viudo, bastante desastre, un artista que no llega  a pagar las facturas y tiene a los del propio banco en el que trabaja llamando a la puerta para embargarle la casa por no pagar la hipoteca. Tal y como está el panorama Michael está en proceso de transformarse en su padre solo que sin bombín, vamos, que no tiene tiempo para encargarse de sus tres hijos pequeños, Anabel (Pixie Davies), Georgie (Joel Dawson), and John (Nathaneal Saleh), ni siquiera  con la ayuda de su hermana (Emily Mortimer) y la doncella de la familia (Julie Walters).

Visto lo visto, no es de extrañar que Mary Poppins, esta vez encarnada por Emily Blunt aparezca en escena dispuesta a sacar lo necesario de su maletín sin fondo para ayudar a los Banks. Y esta vez en vez echan una mano a la esforzada niñera un pelotón de faroleros encabezados por Lin-Manuel Miranda en lugar de un escuadrón de deshollinadores liderados por Dick Van Dyke. Aviso para nostálgicos de la versión de los 60: Blunt y Lin Miranda  no son Andrews y Van Dyke. No podrían serlo ni en un millón de años… y tampoco les hace ninguna falta.

Se nota que Rob Marshall entiende perfectamente el legado al que hace frente. Por eso no intenta reproducir la primera película aunque se base en su esquema base y llena hasta el último rincón con música, canciones y coreografías que posiblemente no serán inmortales como las de su predecesora pero que cumplen perfectamente con la función de hacer que sientas por un momento que la magia es posible y los pingüinos de etiqueta bailarán un  espectáculo de claqué contigo antes de irte a dormir.

El mayor milagro que consigue Marshall es que consigue que la película tenga magia pese a que si lo analizas fijamente el largometraje a veces da la impresión de estar un poco deslavazado. Y lo consigue  gracias al carisma de Emily Blunt, toda educación y saber estar pero con un punto de travesura ahí, en el fondo: el encanto de Lin-Manuel Miranda; la eficiencia de Colin Firth y al hecho de que es imposible no sonreír cuando aparecen  Dick Van Dyke y Angela Lansbury. Y es que Julie Andrews tenía razón: con un poco de azúcar todo pasa mejor.

 

Tráiler

 

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