Springsteen on Broadway: una experiencia real e intensa en Netflix

Con la música me pasa un poco como con el cine.  Hay poca que me emocione y claro, cuando alguna lo consigue me emperro como un chucho con el calcetín. De hecho normalmente cuando me ponen una canción nueva tardo un poco en escucharla de verdad,  me gusta la familiaridad de las que ya se han ganado un hueco en mi corazón. Pero Bruce, Bruce me golpeó como un mazazo la primera vez que le escuché en aquel concierto al que me llevaron mis padres (seguramente por no tener que escuchar más a los Backstreet Boys en casa). Y si algo me ha demostrado el especial de Netflix es que el Boss sigue teniendo la capacidad de darme un vuelco el estómago. Eso y que hay pocos, poquísimos músicos, que entiendan también la naturaleza de cuentacuentos del hombre, la importancia de contar bien las historias. Aunque no sean la tuya.

Porque Bruce nunca ha trabajado en una fábrica, nunca había conducido un coche cuando escribió Racing in the Street y pese a cantar que ha nacido para correr… acabó a cinco minutos de su hogar en Nueva Jersey. Y ahí está, dando voz a los que sí han vivido todas esas experiencias, dando esperanza a golpe de guitarra cuando todo te hace pensar que es imposible.  Así de bueno es. Ya lo sabe él. Que la gente tiene fe en él y que ésta no tiene sentido si tienes pruebas, ¿no? Por eso no importa todo lo demás, sigue siendo uno de los suyos.

No es un secreto que lo mejor de Bruce Springsteen son sus conciertos. Así es como empezó. Era un gran novelista de canciones que además sabía cómo dar grandes conciertos. Básicamente porque creía en lo que hacía. En su historia personal, tal y como cuenta en Springsteen On Broadway, el rock le había salvado del fracaso escolar, de las cicatrices emocionales causadas por el alcoholismo de su padre, de la falta absoluta de fe en sí mismo.  Así que formó una banda y tocó, tocó y tocó. Cada vez mejor. Y gradualmente los conciertos se transformaron casi en homilías y el hijo de Douglas y Arlene Springsteen, Bruce, estaba convirtiéndose en un emergente dios americano. No me extrañaría nada verlo en la serie de la novela de Neil Gaiman, entre Bilquis y Tecno Boy. Era el dios del rock, y como creía que el escenario es el lugar donde ocurren los milagros, los milagros se sucedieron. Concierto a concierto. En campos de fútbol y sí, en un escenario de Broadway.

Porque cuando digo que es una liturgia no exagero aunque parezca que sí. Aunque él se auto-catalogue de “fraude” en su concierto más introspectivo.  Porque cuando Springsteen llena de épica y de asombro la vida de la gente sencilla de Jersey, cuando habla de sus inquietudes del día a día como si se trataran de luchas a vida o muerte del alma de las personas. Porque lo son. Cuando hace eso, entonces te está diciendo que tu propia existencia es épica, mucho más valiosa de lo que creías. Te hace sentir extraordinario, corriendo a toda velocidad por una carretera que no termina nunca.


Springsteen pide fe y a cambio de ella, da un concierto que es para el de la primera fila y para aquel que está en su casa viéndolo a través de la pantalla. ¿Y sabéis qué es lo que  me pegó a la pantalla? No fue cuando cantó con Patti Scialfa aunque aquello hizo que el corazón me explotara como una supernova, ni cuando recordó a Clarence Clemons, ni cuando cantó Born in The USA como se debe cantar: enfadado, escupiendo cada palabra porque oh, esa canción es colérica de narices. No fue nada y fue todo. No fue que este Dios de la carretera, ya bastante más cansado siguiera  encadenando himno tras himno. Lo que más me gustó fue cómo hizo todo eso. Feliz y honesto, regalándonos toda su estratosférica, sudada e ignífuga verdad.

Si no es así cómo se forman los dioses, entonces Gaiman se va a agarrar un cabreo de tres pares de narices y que paren el mundo que yo me bajo.

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