Clementine: historia de una superviviente – The Walking Dead

La primera vez que nos sumergimos en el universo de The Walking Dead de Telltale lo hicimos a los mandos de Lee Everett, un recluso que a consecuencia del caos generado tras el estallido de una terrible infección quedaba libre en mitad de un entorno hostil en el que conservar la vida no era ni mucho menos sencillo. Casi una década después, tras haber jugado las cuatro entregas principales de las que consta la serie nos damos cuenta de la magnitud del engaño del que fuimos objeto, pues la épica historia de la que hemos sido testigos no era la de este valeroso personaje.

A Clementine no tardamos mucho en conocerla, ya que la niña fue una de las primeras supervivientes que se cruzaron en el camino de Lee. Escondida en su casita del árbol y acompañada únicamente de su walkie-talkie, la pequeña fue lo suficientemente astuta como para aislarse de la amenaza de los caminantes hasta por fin ponerse en contacto con el que sería su gran valedor. Un encuentro fortuito que daría lugar a una amistad imborrable y un momento clave en la trayectoria de una luchadora nata.

Pese al ingenio y la sensatez de Clem, poco común entre los chicos de su edad, la fragilidad y la inexperiencia de la niña alentaron a Lee a responsabilizarse de ella hasta dar con sus padres. Un viaje incierto en el que fueron testigos de su nueva y descorazonadora realidad, una en la que los vivos podían ser tan letales como los muertos.

El miedo y la tristeza no impidieron a Clementine tomar buena nota de los consejos de su protector, lecciones que se convertirían en sus mandamientos más sagrados. Cortarse el pelo para impedir que los caminantes la agarrasen con facilidad, tratar de unirse a grupos de personas para aumentar sus probabilidades de salir airosa de cualquier situación, disparar siempre a la cabeza… Nunca quiso aprenderlo, de hecho le costó siquiera sostener el arma la primera vez que Lee quiso darle unas clases de tiro. Tampoco el maestro se imaginó sometiéndola a ese tipo de ejercicios, sin embargo cuando más avanzaban hacia su destino más se convencía de que la jovencita a su cargo debía valerse por sí misma cuanto antes, pues nada le aseguraba que pudiese estar junto a ella para siempre.

Inocencia interrumpida

 

El mundo había cambiado. El apocalipsis no sólo arrebató a Clementine lo que más quería, esos padres de los que sólo conservaba sus recuerdos y su inseparable gorra. También la oportunidad de tener una infancia, de entregarse a inocentes juegos en los que perder no supusiese resignarse a sufrir un mordisco fatal o incluso un balazo.

Si hubo algún momento en el que nuestra querida protagonista dejó de ser una niña para abrazar una madurez impuesta por esa pesadilla que le había tocado vivir fue su despedida de su amigo más fiel. En un camino salpicado por las sucesivas pérdidas, fue esta la que marcaría de por vida a la pequeña Clem. La muerte de Lee, irreparable tras ser mordido en su huida, la volvió a dejar huérfana y a merced de los peligros que aguardaban en cada esquina.

Murió tras salvarla, lo que generó en ella un insoportable sentimiento de culpa. Una experiencia traumática que sería aún mayor si el jugador lograba convencerla de acabar con Lee antes de que se convirtiese, condenado a vagar por el mundo como uno de esos cascarones sin alma.

Fue a partir de ese momento en el que Clementine comenzó a escribir su propia historia. Una en la que nunca olvidaría las enseñanzas del hombre que la marcó profundamente, un maestro que sin conocerla apenas lo sacrificó todo por darle la oportunidad de heredar un mundo que jamás volvería a ser igual.

 

Siempre hacia delante

 

No estuvo mucho tiempo sola. En su viaje hacia ninguna parte volvió a encontrarse con antiguos camaradas como Omid, Christa o el viejo y taciturno Kenny, alguien con el que también llegó a crear un vínculo especial aunque sólo fuese porque la vida también le había golpeado con dureza y en los últimos años había visto como todo lo que le importaba se hacía añicos ante sus ojos. Consciente de que su futuro pasaba por encontrar el respaldo de otros con los que hacer frente a cualquier adversidad, la jovencita trató por todos los medios de mantener al grupo unido aunque eso le hiciera granjearse la simpatía de algunos y la enemistad de otros, tal era la fragilidad de una comunidad en la que la toma de decisiones nunca fue para nada sencilla.

El papel conciliador de Clementine también provocó que de alguna manera los adultos del grupo, a los que se les presuponía una mayor experiencia, quisieran contar a menudo con su opinión sobre diversos asuntos e incluso encargarle que asumiese responsabilidades que ninguno de ellos querían atender en un alarde de irresponsabilidad y de cobardía. Pese a todos sus esfuerzos, la niña empezó a darse cuenta de las dificultades que entrañaba tener un grupo cohesionado, en el que cualquier paso en falso podía acabar en un baño de sangre. También experimentó la traición, a veces de aquellos a los que quiso conceder una oportunidad y otras de sus más allegados, episodios de lo más dolorosos que hicieron mella en ese carácter recto y compasivo del que hasta entonces había hecho gala.

Sin embargo, esta sobrecarga de nuevas experiencias de sabor amargo no la hicieron flaquear. Tampoco se dejó llevar por el mal camino, cuando lo más fácil hubiese sido reproducir muchas de las malas acciones de las que había sido testigo en pos de sus propios intereses. No, Clementine siempre tuvo muy claro cuando algo estaba bien y cuando estaba mal, y aun siendo consciente de que a veces las cosas no eran ni blanco ni negro trató por todos los medios de vivir acorde con sus ideales, algo que el mundo de The Walking Dead no te suele permitir. Adoptar al pequeño AJ, un bebé indefenso al que pudo rescatar de su madre moribunda antes de que lo devorase, sólo podía entenderse como una carga descomunal en un mundo en el que la supervivencia dependía de encontrar cualquier cosa susceptible de llevarse a la boca y pasar desapercibido entre hordas de caminantes.

 

Sombras y ceniza

 

Ya no sólo debía preocuparse por ella misma, ahora tenía a alguien a su cargo que dependía enteramente de su buen criterio. Clementine estaba decidida a hacer cualquier cosa para asegurar el bienestar del pequeño, incluso jugarse la vida para robar algo de medicina a un grupo llamado La Nueva Frontera una vez AJ cae enfermo. Aunque logró sanarlo cuando todo parecía perdido, no pudo evitar que esta nueva comunidad se lo arrebatase, por lo que a partir de ese momento dedicaría sus esfuerzos a tratar de averiguar el lugar en el que le tenían retenido.

La rabia que experimenta tras esta separación forzosa hizo que Clem rompiese con algunas de las enseñanzas de Lee. Decidió que ya no podía fiarse de la gente y que estando sola era más difícil que la hiciesen daño, al fin y al cabo se había convertido en una feroz luchadora capaz de valerse por sí misma por muy mal que estuviesen las cosas. Además, asumió que ningún colectivo duraba demasiado tiempo unido por muy loables que fueran sus intenciones, de modo que buscar la ayuda que necesitaba en los asentamientos que iba encontrando no era el mejor de los planes.

Por este motivo la Clementine que tanto Javi como su familia conocerían en la tercera temporada de la serie no era la niña cándida que una vez fue, sino una adolescente malhumorada y esquiva que no se fiaba de nadie y que de ninguna manera iba a poner en peligro su misión por ayudar a aquellos que lo necesitaban. Una visión pesimista del mundo que quedaría una vez más reforzada por los acontecimientos que tendrán lugar en New Richmond, una ciudad que volvió a dar muestras de la crueldad del hombre y la falsa ilusión de seguridad de emplazamientos en los que ni los más altos muros podían frenar los horrores que campaban a sus anchas.

Pero contra todo pronóstico Javi y los suyos consiguieron ganarse su confianza, recordándola con no pocos sacrificios lo que significaba tener a alguien a tu lado cubriéndote las espaldas. Clem no sólo se dio cuenta de que todavía quedaban cosas por las que luchar y gente que merecía salir adelante, también se convenció de que debía encontrar a AJ costase lo que costase. Así, tras arreglar las cosas en New Richmond y asegurarse de que sus nuevos amigos tuviesen un futuro entre los vivos, se encaminó al rancho McCarroll para rescatar al pequeño.

 

Encontrando su sitio

 

Una vez reunidos de nuevo, Clem y Alvin Junior volvieron a la carretera. Se tenían el uno al otro, pero nuestra protagonista sabía que debía hacer de su pupilo una persona autosuficiente transmitiéndole muchas de las lecciones de Lee y otras tantas de cosecha propia. Pese a su corta edad, el niño ya sabía disparar haciendo gala de una puntería asombrosa, zafarse de los caminantes reptando sigilosamente entre ellos y buscar suministros cada vez que pasaban por algún sitio prometedor.

AJ tenía en Clem tanto a la hermana mayor como a la madre que nunca conoció. Escuchaba y memorizaba todas y cada una de sus reglas como buscar las vías de escape nada más entrar a un edificio desconocido o disparar primero en caso de que las cosas se pusiesen feas. El chico era una verdadera esponja por lo que su tutora meditaba todo cuanto le decía ya que no se trataba solo de convertirlo en un guerrero letal que no se dejase atrapar, también de inculcarle valores que parecían haber desaparecido de un mundo deshumanizado.

Tras una huida de lo más accidentada los héroes acabaron en una escuela oculta en el bosque y ocupada por un grupo de niños y adolescentes que habían tenido que apañárselas cuando estalló la crisis, siendo abandonados por aquellos que dirigían la institución. A pesar de sus recelos, Clementine acabó por comprender que ser aceptados en aquella comunidad podría poner fin a muchas de sus penalidades, por fin podrían dejar de vagar y unir fuerzas con chicos que necesitaban desesperadamente de sus habilidades.

No fue fácil, pues AJ nunca vivió los días de esplendor de la civilización y no estaba acostumbrado a convivir con otra gente. Fuera de aquellos muros imperaba la ley del más fuerte y conceptos como la propiedad privada o la existencia de alternativas a la violencia para resolver conflictos le eran ajenos.

Clem se esforzó por integrarlo, por enseñarle a pedir perdón cuando era necesario y a trabajar por el bien común. Claro que ella misma se sorprendió al darse cuenta de que en su vida también se había perdido muchas cosas y nunca había tenido la oportunidad de confraternizar con gente de su misma edad. En sus charlas junto al fuego la superviviente trataba de evitar hacer mención a muchas de las decisiones que había tomado y a los actos más viles que había presenciado. También se avergonzó al reconocer frente a su interés romántico que jamás había tenido una cita con nadie ni había llegado a enamorarse.

El final de la historia de Clementine pudo ser demasiado cruel, demasiado trágico. Mordida en una pierna y rodeada de caminantes, la joven pidió a AJ que escapase no sin antes acabar con ella utilizando el hacha que portaban. Incapaz de decir adiós y tras haber demostrado su determinación incluso en las peores circunstancias, el pequeño decide por primera vez desobedecerla cortándole la extremidad para evitar que la infección se extendiese. Contra todo pronóstico la heroína no sólo consigue salvar la vida, sino también regresar a la escuela para velar por aquellos chicos que tanto dependían de su liderazgo y experiencia. Consciente de que jamás volvería a correr frente a los caminantes o a vagar de estado en estado con una mochila al hombro, Clem se congratula de que al menos ha hecho de Alvin el luchador que ella una vez fue cerrando así el círculo que comenzó cuando descendió de aquella casita en el árbol para depositar su confianza en un tipo que no conocía pero que estuvo a su lado cuando todos los demás se fueron.

 

“Su nombre era Lee. Él me enseñó cómo sobrevivir. Él es la razón por la que mantengo mi cabello corto”.

 

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