Crítica de John Wick: Capítulo 3 Parabellum – El último hombre en pie

Resulta curioso que una cinta tan alejada del fenómeno mainstream como John Wick haya acabado convirtiéndose no sólo en una saga que ya va por su tercera entrega, sino en el principal referente del cine de acción contemporáneo. Esto, considerando que aquel exquisito filme hard-boiled tuvo serias complicaciones para asomarse al circuito comercial en países como España, sólo ha sido posible por el reconocimiento de una ferviente masa de aficionados al género que no dudó en ensalzar la gran labor de la dupla formada por David Leitch y Chad Stahelski a la hora de trasladar a la pantalla este sórdido universo a medio camino de la novela gráfica y el cine negro hongkonés.

El magnetismo de esta historia de venganza se transfirió también a su protagonista, un Keanu Reeves recuperado para la causa y cuya carismática presencia ya la quisieran actores a priori más dotados. A estas alturas ya nadie se imagina a este asesino taciturno sin el rostro del canadiense, que ha sabido incorporar a su filmografía otro icono imperecedero.

Parabellum no se desvía ni un milímetro de la trayectoria marcada por sus predecesoras. Se disfruta al son de sus disparos, de sus gritos ahogados y sus golpes secos, todos ellos encadenados en una macabra danza ejecutada con precisión e inusitada contundencia. Enfrentamientos a vida o muerte en los que las balas acostumbran a dar en el blanco y en los que no hay margen para florituras vacías de contenido.

Los treinta primeros minutos del filme, con su protagonista huyendo de noche por las iluminadas calles neoyorkinas que bien podrían ser las de un Tokio de influencia neo-noir, gozan de un impacto extraordinario no sólo en lo puramente estético, sino también en términos de espectáculo. Ya sea con una pistola, una sarta de puñales o un libro de tapa dura entre las manos cada contienda es un alarde de crudeza y originalidad, esa que a menudo se antoja tan escasa y que no se compra con presupuestos abultados.

Como era de esperar a la película le resulta imposible mantener el nivel de un inicio tan demoledor durante todo el metraje, lo cual no significa que la acción se torne tediosa. John Wick 3 se esfuerza por aportar algo nuevo en cada escena, ya sea con las diabluras de un par de cánidos que ya quisiera Chuck Norris para guardarle el chalé o ninjas capaces de emerger de cualquier sombra. Pese a todo tiroteos como el que tiene lugar en Casablanca no pueden evitar recordar a eventos pasados, lo cual nos hace pensar que el filme tiene en los anteriores capítulos a sus peores enemigos.

Detrás de tanta pirotecnia se esconde un argumento, faltaría más. Uno que invita al espectador a dejarse llevar, a despreocuparse de la verosimilitud jamás pretendida y a descubrir nuevas y desconocidas normas que rigen el submundo en el que el protagonista se desenvuelve. Una sombría función en la que disfrutaremos de la presencia de ilustres conocidos como el siempre interesante Ian McShane y de nuevas incorporaciones como las de Anjelica Huston -perversa en su rol de mafiosa rusa e instructora de ballet-, Halle Berry o Mark Dacascos, al que habíamos perdido la pista sólo para descubrir que sigue en plena forma, con ganas de dar guerra y de paso insuflar una pizca de comicidad a la fórmula.

La tercera entrega de la saga cumple con lo prometido, aunque esta vez se siente como una etapa más en un viaje que durará mientras al público y a Reeves les queden ganas de vendetta. Y cuidado porque ahora es cuando John está empezando a enfadarse.

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