Lo mejor de los dos mundos, ¿y si el gran evento televisivo de Star Trek se estrenase hoy?

Fue el 18 de junio de la recién inaugurada década de los 90 cuando se emitió en televisión uno de los capítulos considerados de culto de Star Trek: La nueva generación, una ficción ya afianzada en la parrilla y que cerraba su tercera temporada de manera sobrecogedora. El conflicto entre la Federación Unida de Planetas y los Borg, inevitable tras algunos encontronazos del Enterprise con esta raza cibernética que ya avisaban de lo que estaba por llegar, alcanzó su máximo apogeo con el cara a cara entre la nave comandada por Jean-Luc Picard y ese enorme cubo que parecía repeler cualquier intento de frenar su irrevocable avance hacia la Tierra.

Mucho antes de que los espectadores se acostumbrasen a los llamados cliffhangers, esos cortes súbitos de la trama que acostumbran a dejarnos expectantes de cara a la resolución de los acontecimientos en la siguiente tanda de episodios, los responsables de la ficción apostaron por dejar a los trekkies con el corazón en un puño despidiendo la temporada con las funestas palabras de aquel reverso oscuro de Picard que respondía al nombre de Locutus.

El personaje interpretado por Patrick Stewart no pudo evitar ser asimilado por los alienígenas que pretendían utilizar las dotes de este comandante excepcional para liderar su campaña y, además, servir como nexo entre su colectivo y la raza que pretendían incorporar. El estremecimiento que provocó a los aficionados escuchar al protagonista de la ficción aquello de “la resistencia es fútil” solo fue comparable a la expresión descompuesta de Will Riker y de su grupo de oficiales. A la orden de ataque del primer oficial (“Señor Worf… ¡fuego!”) le siguió un fundido a negro que todavía perdura en nuestra memoria ya que dejaba todo dispuesto para la batalla más desesperada de la mejor tripulación de la Flota Estelar.

Años después llegarían series que ya son historia del medio como Expediente X o Perdidos, que popularizarían este recurso que a día de hoy es utilizado por un sinfín de producciones, desde la aplaudida Killing Eve hasta la ya concluida The Big Bang Theory, para cerrar sus ciclos. Por suerte en 1990 el modelo de emisión era muy diferente al actual, las temporadas solían contar con más de una veintena de capítulos en vez de unos trece, conceptos como el de mid-season todavía no estaban instaurados y por supuesto no teníamos que esperar más de un año para disfrutar de la siguiente etapa del viaje.

La segunda parte de Lo mejor de los dos mundos se hizo esperar hasta el 24 de septiembre de ese mismo año, un periodo de poco más de tres meses que hoy resulta un tanto irrisorio. La resolución de la misión más peligrosa del Enterprise hasta la fecha no decepcionó, siguió revelándonos más detalles sobre el enemigo más mortífero al que se había enfrentado la humanidad y puso el foco de atención en el comandante Riker, en su compromiso con la nave insignia de la Federación y sobre todo en su relación con Picard, un mentor al que guardaba un profundo respeto y cuyas enseñanzas debía obviar si quería tener una oportunidad contra un rival que había sumado las aptitudes de este brillante estratega a su conciencia colectiva.

Es cierto que muchos fans esperaban con ansia que aconteciese una gran batalla entre la armada de la Federación y el implacable cubo Borg. La nueva generación nunca se caracterizó por la acción más desinhibida, y por supuesto las estrecheces presupuestarias de las producciones televisivas de la época daban al traste con cualquier dispendio que quisiese acometer el departamento de producción en pos del espectáculo. El director de Lo mejor de los dos mundos, Cliff Bole, supo salir del aprieto de manera muy inteligente.

Después de que el Enterprise quedase rezagado al no poder mantener el ritmo de la persecución, el almirante Hanson informaba a los tripulantes de que gracias al valioso tiempo que les habían proporcionado la Flota Estelar había sido capaz de movilizar buena parte de sus efectivos en Lobo 359, donde tratarían de frenar a los Borg con todos los recursos a su alcance. Cuando los protagonistas conseguían alcanzar el punto de encuentro para unirse a la batalla se daban cuenta de que habían llegado demasiado tarde y que ni siquiera su poderosa armada había sido rival para los ciborgs. Los estragos de la guerra quedaron reflejados en una escena terrorífica en la que los integrantes del puente de mando miraban desolados los restos de las orgullosas naves de la Flota, cuyos cascos agujereados habían quedado suspendidos en el espacio. La teniente Shelby, la única capaz de articular palabra, enumeraba las naves que habían sido destruidas: “… el Tolstoy, el Kyushu, el Melbourne…”.

La contundencia de las imágenes hicieron de este momento uno de los más memorables de la serie, que con Lo mejor de los dos mundos regaló a los espectadores uno de los relatos de ciencia ficción más excepcionales de cuantos se han emitido en la pequeña pantalla. Ahora bien, no dejamos de preguntarnos qué habría ocurrido si este episodio doble hubiese debutado en pleno 2019, casi treinta años después de su debut.

Los últimos meses han demostrado que el género vuelve a contar con una salud envidiable y que la televisión vuelve a ser el medio más idóneo para dar rienda suelta a las historias de universos como el de Star Trek. El cierre de la segunda temporada de Star Trek: Discovery fue capaz de dejarnos con la boca abierta, alcanzando unos niveles de espectacularidad jamás conseguidas por una producción de estas características si dejamos de lado fenómenos como el de Juego de Tronos. La batalla final de la Discovery y el Enterprise contra las fuerzas de Control fue realmente excepcional, un festival pirotécnico en el vacío espacial que consiguió lo que muchos aficionados creíamos imposible, competir con el virtuosismo de las batallas exhibidas en las mejores películas de la franquicia.

La serie de Bryan Fuller y Alex Kurtzman parece ir a más y se despidió por un tiempo alardeando del buen hacer de su departamento técnico, aunque no ha sido la única grata sorpresa de la temporada. The Orville, para muchos la hermana gamberra de Star Trek, también demostró que pese a que tiene unos recursos mucho más limitados que la ficción de CBS cuenta con un equipo muy ambicioso y capaz. El doble capítulo de Identidad demostró que la serie de Seth MacFarlane también quiere dejar su huella en televisión, y que aunque su tono burlón se ha convertido en una de sus señas de identidad más apreciadas sabe ponerse seria cuando las circunstancias lo requieren.

No nos cabe duda de que el conflicto con los Kaylons se dejó inspirar por el trabajo de Cliff Bole y Michael Piller en Lo mejor de los dos mundos, convirtiéndose en un punto de inflexión en la serie y en un excitante evento televisivo. Son muchas las semejanzas entre los Borg y la especie de Isaac, formas de vida artificiales que desprecian la diversidad galáctica y que aspiran a imponer su propio orden. Sin embargo no fue hasta ese brutal enfrentamiento entre la flota proveniente de Kaylon y la Unión Planetaria cuando percibimos la dimensión total de estos capítulos, una batalla rodada con gran dinamismo y excelentes ideas a escasa distancia de un planeta Tierra amenazado con su destrucción si unos pocos héroes no lo impedían con no pocos sacrificios.

Sí, cuánto nos habría gustado que en 1990 la tecnología hubiese permitido llevar la batalla de Lobo 359 a nuevas cotas de fantasía, que la encarnizada lucha contra los Borg se hubiese desarrollado entre los disparos de fáser de un centenar de naves, abordajes suicidas y piruetas dignas de pilotos con los nervios de acero. Años después, conscientes de la oportunidad que habían dejado pasar, Rick Berman y Michael Piller quisieron ponerle remedio con el episodio piloto de Espacio Profundo Nueve, cuyos primeros minutos rememoraban lo sucedido en la que fue la mayor derrota en la historia de la Federación aunque quizás se quedó a medias al no ser capaz de representar convenientemente la magnitud del enfrentamiento. Un día trágico en el que Benjamin Sisko, quien sería el máximo responsable de la estación espacial que daba nombre a la serie, también pagaría un importante precio.

Las consecuencias de Lo mejor de los dos mundos no sólo tuvieron su eco en DS9 y en el drama personal del comandante, sino también en las sucesivas temporadas de La nueva generación. Queda para el recuerdo aquel maravilloso capítulo titulado Familia en el que el capitán Picard, todavía convaleciente tras su traumática experiencia con los Borg, decide tomarse unos días de permiso y visitar el viñedo de su familia en Francia. Allí se reencuentra con su hermano Robert, al que apenas ha visto en años y con el que mantiene una relación llena de tiranteces. Será durante una estancia en la que volverán a aflorar las desavenencias con su pariente cuando el propio Jean-Luc se de cuenta de las profundas heridas que su secuestro y posterior asimilación le provocaron y que se encuentran lejos de cicatrizar, pues el oficial se siente responsable de las once mil muertes que el enemigo perpetró valiéndose de sus conocimientos tácticos.

Los acontecimientos de este capítulo doble también sirvieron para dar forma al guión de la cinta Star Trek: Primer contacto, dirigida por el mismísimo Jonathan Frakes. Sin duda la mejor película de todas las que se rodaron al amparo de esta etapa del universo trekkie y la que por fin supo materializar el combate que ambos bandos se merecían, una verdadera gozada para abrir el filme a lo grande. Se trataba de un nuevo intento por parte de los Borg de erradicar a la humanidad viajando al pasado y arruinando un suceso vital en su desarrollo, el primer viaje a las estrellas del visionario Zefram Cochrane. En esta ocasión Picard debía hacer frente a sus fantasmas a riesgo de dejarse llevar por la ira y su odio por el enemigo que a punto estuvo de convertirlo en el arma definitiva contra los suyos. El símil con Acab y su obsesión por cazar a Moby Dick, la ballena blanca que lo lisió, no pudo ser más acertado.

Hace ya mucho que Lo mejor de los dos mundos se hizo un hueco en la memoria colectiva de los trekkies más apasionados. A día de hoy sigue resultando tan fascinante como relevante, un ejemplo para todas aquellas ficciones que sueñan con dar un golpe encima de la mesa con un relato atrevido, innovador y que no sólo sobresalga del resto de sus capítulos sino que además ponga los cimientos para el futuro de la producción. Que los inmensos recursos de la televisión actual no os engañen, no es algo sencillo de lograr.

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