Lo mejor y lo peor de Wolfenstein: Youngblood

Allá por 2013, cuando MachineGames presentó el reinicio de la saga Wolfenstein con The New Order, gran parte de la comunidad se mostró reacia a volver a coger el fusil para derrotar a los nazis en ese universo distópico lleno de ingenios tecnológicos, robots gigantes y zombies. Incluso Warren Spector, creador de Deus Ex, arremetió contra el juego preguntando a sus seguidores si de verdad lo que el mundo necesitaba era otra entrega de la veterana franquicia.

A día de hoy somos muchos los que atestiguamos que sí, que los aficionados a los shooters siguen teniendo motivos para celebrar que el renacimiento de Wolfenstein nos haya dado algunos de los títulos más espectaculares y divertidos de un género en el que sólo los mejores consiguen sobresalir.

Después de dos entregas principales y varios spin-offs, el estudio sueco se ha tomado un pequeño respiro para probar una serie de ideas nuevas en un título que plantea una experiencia cooperativa muy interesante y que aporta algunas pequeñas puntadas a la historia que llevan tejiendo los últimos años.

Wolfenstein: Youngblood da un salto temporal para situarnos en la década de los ochenta. Aunque los Estados Unidos fueron liberados del yugo de los nazis el resto del mundo permanece bajo el férreo control del Reich, de ahí BJ Blazkowicz y su esposa Anya se hayan esmerado en el adiestramiento de sus hijas por si deben hacer frente a nuevas amenazas. Las dos adolescentes, pese a carecer de experiencia sobre el terreno, están preparadas para dar mucha guerra a sus viejos enemigos, por eso cuando su padre desaparece misteriosamente ambas decidirán viajar hasta Neu-Paris para dar con su paradero.

Con este planteamiento el título nos ofrece una aventura que no acostumbra a dar un momento de respiro y que sabrá despertar el interés de los fans, siendo también mucho más irregular que los anteriores episodios. Luces y sombras que a continuación nos disponemos a comentar para que tengáis claro qué esperar de uno de los juegos más destacados de la temporada estival.

 

La solidez de la acción y los tiroteos salvajes

 

Si hay algo que MachineGames hace de maravilla son los juegos de acción. El gunplay de Wolfenstein: Youngblood es de lejos lo mejor del título, heredando el buen hacer de una saga que hace las delicias de los amantes de la vieja escuela. Los combates son fluidos e intensos, y aunque casi la totalidad de la aventura puede superarse utilizando técnicas de sigilo nos ha dado la impresión de que se nos incita a apretar el gatillo mucho más que en otras entregas.

Las armas, muchas de ellas harto conocidas por los veteranos, son variadas y podrán ser personalizadas invirtiendo nuestras ganancias en piezas con las que potenciar la cadencia de tiro, el daño o simplemente aplicar complementos como silenciadores o linternas. Claro que las hijas del legendario Blazkowicz nunca están indefensas, pueden utilizar armas cuerpo a cuerpo para acabar con sus enemigos en silencio o desarrollar habilidades como la embestida, que destrozará a cuantos se crucen en nuestro camino, o la capacidad de caer sobre los soldados desde posiciones elevadas convirtiéndoles en pulpa contra el suelo. Ni que decir tiene que sus responsables no se cortan un pelo con el nivel de violencia.

 

Una aproximación al rol algo innecesaria

 

Son muchas las sagas de acción que optan por implementar elementos propios de los juegos de rol, de hecho el reciente Far Cry New Dawn es un buen ejemplo de ello. Al igual que el juego de Ubisoft Wolfenstein: Youngblood tiene algo de experimental, sus desarrolladores han querido poner en práctica algunas ideas que de funcionar bien podríamos volver a ver en el futuro.

El árbol de habilidades de Jess y Soph, su progresión en base a la experiencia recibida una vez vayan completando desafíos y la personalización del armamento son algunos de los puntos más básicos y a los que pocas pegas podemos poner. Sorprende mucho más la barra de salud de los enemigos, cuya implementación se nos antoja un tanto innecesaria.

Cabe decir que este nuevo sistema propicia que los enemigos resisten muchos más impactos de lo que nos tienen acostumbrados. No sólo los acorazados, que aparecen en grandes cantidades y que exigirán vaciar un buen puñado de cargadores para abatirlos, sino también las unidades de aspecto más liviano. Se trata de una decisión que no sólo hará que debamos esmerarnos en cada refriega, en cierto modo también resta espectacularidad a unas batallas que siempre han sido un remolino de sangre y vísceras.

Si hay algo que justifique este añadido es la existencia de blindajes especiales que sólo podremos eliminar de manera eficaz con ciertos tipos de armas, por lo que tendremos que fijarnos muy bien si la vitalidad va acompañada de indicadores en forma de barras o cuadros. Por otro lado habrá que asegurarse de emprender las misiones que correspondan a nuestro nivel actual, ya que en caso contrario nos arriesgamos a toparnos con rivales capaces de acabar con nosotros en un santiamén.

 

Mucho mejor en compañía…

 

En primer lugar hay que señalar que Wolfenstein: Youngblood no requiere de un compañero para completar la campaña principal, acceder a todas las misiones secundarias y en definitiva disfrutar de la experiencia frenética que nos propone el título. Sin embargo resulta evidente que la intención del equipo desarrollador ha sido posibilitar la cooperación entre dos jugadores en partidas que pueden llegar a ser bastante exigentes y en las que contar con la potencia de fuego de nuestro compañero es la mejor garantía para salir airosos de las peores situaciones.

Los escenarios interiores, que suelen contar con rutas paralelas para que las hermanas puedan dividir el fuego enemigo o cogerlos por sorpresa desde ambos flancos es un buen ejemplo de lo mucho que se ha tenido en cuenta la presencia de ambas protagonistas a la hora de diseñar los niveles. Y si coordinarse para eliminar a los guardias con sigilo nos evitará un montón de problemas, moverse de manera inteligente durante los tiroteos y apoyar las acciones de nuestro camarada es fundamental cuando no queda otra que matar a todo lo que se mueva.

Ya os avisamos, jugar con un amigo es realmente divertido y además mucho menos frustrante que hacerlo en solitario, ya que si caemos podremos ser revividos siempre y cuando el otro jugador sea lo suficientemente rápido para llegar hasta nuestra posición. Además, algunos de los enemigos más duros del juego nos invitan a llevar a cabo estrategias que implican compatibilizar distintas acciones, el caso más claro el de un jefe final que en cierto momento deberemos atacar por la espalda. Desplegarnos por el escenario y atraparlo entre dos líneas de fuego es la manera más eficaz de que muerda el polvo, siendo mucho más sencillo de realizar si hay otra persona a los mandos y no una inteligencia artificial que apenas se separará de nuestro lado complicando la ejecución de tácticas más creativas.

El sistema de vidas de Wolfenstein: Youngblood es otra manera que tiene el juego para instar a los jugadores a colaborar en vez de ir por libre, o lo que es lo mismo, que nos importe de verdad si acribillan a nuestro aliado o no. Se trata de una serie de comodines que podremos ir acumulando y que perderemos si cualquiera de los personajes cae en combate sin posibilidad de ser curado, y para que os hagáis una idea de su importancia en caso de morder el polvo sin tener alguno en nuestro haber la partida finalizará y deberemos empezar el nivel de nuevo. Y es algo que no sienta pero que nada bien.

 

…pese a las limitadas mecánicas cooperativas

 

Es una lástima que siendo un juego orientado a ser disfrutado en compañía no haya apenas mecánicas que apunten en esta dirección más allá de lo que al combate se refiere. Sí, las hermanas nos mostrarán su complicidad durante las misiones con comentarios sobre objetos interesantes con los que interactuar u objetivos cercanos que nos confirmarán que vamos por el buen camino. También podrán hacerse señales que iremos desbloqueando y con las que, por ejemplo, recuperarán algo de la salud o el blindaje perdido.

Sin embargo, la cruda realidad es que ni las protagonistas hacen gala de habilidades diferenciales -elegir una u otra no cambiará nada en términos jugables- ni existen demasiadas acciones que impliquen la colaboración de ambos personajes y que nos permitan afrontar determinadas situaciones de diferente manera o nos otorguen ventajas sobre el enemigo. En diversos emplazamientos ambas deberán estar juntas para pulsar interruptores con los que acceder a nuevas localizaciones o cumplir con ciertos requisitos, pero no son más que meros puntos de control para asegurarse de que los personajes avanzan al unísono. Una oportunidad desaprovechada para ir un paso más allá de lo que cabía esperar.

 

Escenarios abiertos a los que volveremos una y otra vez

 

En Wolfenstein: New Colossus los chicos de MachineGames ya apostaron por ofrecer niveles en los que movernos con relativa libertad y a los que volver una y otra vez para eliminar a los comandantes enemigos que iban engrosando la particular lista negra de Blazkowicz. En esta ocasión el estudio ha contado con la colaboración del equipo de Arkane, responsables de la saga Dishonored, y que han sabido dejar su huella en el proyecto. Porque más allá de un puñado de fases en las que se aprecia cierta linealidad y que serán indispensables para avanzar en la historia y enfrentarnos a los temidos bosses, la tónica en Wolfenstein: Youngblood será recorrer las calles de Neu-Paris ya sea esquivando nazis o bien pasando por encima de ellos.

El trazado de estos entornos tiene mucho en común con el de Dunwall, con calles que nos ofrecen múltiples rutas para llegar de un lugar a otro, diferentes vías para sortear las patrullas ya sea saltando por los tejados o cruzando oscuros subterráneos, y en definitiva infinidad de secretos por descubrir si optamos por entrar a los edificios o explorar cada rincón de los distritos, cada uno de ellos con sus propias características y estética.

Aunque la inclusión de estos mapas flexibilizan mucho la fórmula y aportan al título alicientes suficientes como para mantenernos enganchados durante muchas horas, también es cierto que su uso acaba siendo sobreexplotado. En Wolfenstein: Youngblood existen una cantidad ingente de misiones secundarias que nos ayudarán a subir nuestro nivel y así estar más preparados para los desafíos principales del juego, sin embargo para completarlas deberemos recorrer los distintos distritos una y otra vez, lo que implica revisitar muchas de las localizaciones en las que transcurren algunos de los momentos álgidos de la campaña.

Como os podéis imaginar esto acaba resultando repetitivo, en especial porque enfrentarnos una y otra vez a los mismos obstáculos puede acabar con nuestra paciencia impulsándonos a sortearlos por la vía rápida. Nos hubiese gustado que estas ubicaciones hubiesen contado con un mayor número de zonas a las que acceder ampliando el mapa en función de nuestros progresos, no sólo las torres que iremos desbloqueando una vez completemos los capítulos. Sin duda habría ayudado a enriquecer la experiencia y a evitar la impresión de estar recorriendo los mismos espacios una y otra vez independientemente de nuestra meta.

 

Narrativa muy por debajo de sus predecesores

 

Tanto Wolfenstein: The New Order como Wolfenstein: New Colossus sorprendieron por el interés que suscitaba su relato y los instantes memorables que nos propiciaban sendas campañas. No es algo demasiado común en juegos rendidos a la acción más desenfrenada y cuyo principal atractivo reside en el poder de destrucción de un protagonista dedicado en cuerpo y alma a eliminar nazis cuanto más grandes y acorazados mejor. Wolfenstein: Youngblood es muy consciente del camino recorrido por las entregas anteriores, de ahí que mantenga la visceralidad y el humor negro tanto en sus escenas como en los diálogos.

Esto no evita que el argumento del juego, si bien cumple su función, carezca de la chispa de sus antecesores. Ni siquiera el villano de turno es capaz de ponernos los pelos de punta como sí hicieran Wilhelm “Calavera” Strasse o en especial Frau Engel.

Antes de llegar al final goza de algunos giros interesantes y atesora un puñado de escenas dignas de la saga, aunque en líneas generales no sea demasiado sorprendente y se sienta más como un breve interludio de cara a un más que probable cierre de la trilogía principal en la que el estudio sí eche toda la leña en el asador. La historia nos ofrece algunas pistas de por dónde irán los tiros, lo que la concede cierto valor, aunque nos decepciona que la narrativa esté tan contenida y parezca que se ha llevado a cabo con la ley del mínimo esfuerzo.

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