Watchmen: la serie de televisión – Nada termina, Adrian. Nada termina nunca

Damon Lindelof ha vuelto a poner en marcha el Reloj del Juicio Final, aquel que una vez fuera detenido por la gracia y obra de un visionario de cabello dorado que estuvo dispuesto a sacrificar a millones para salvar a toda la humanidad de sí misma. Sus actos, recogidos en la magistral obra de Alan Moore y Dave Gibbons, propiciaron el nuevo amanecer de un mundo agonizante y en el que al parecer todavía quedan historias por contar.

Historias que tienden a desarrollarse al son de los llamados vigilantes, que espoleados por una inagotable sed de justicia luchan por mantener el orden en una sociedad que tiende a corromperse con inusitada facilidad. Tal vez lleven máscaras, e incluso elaborados trajes, pero sus únicos poderes son aquellos que les otorgan sus más inquebrantables convicciones. Como humanos que son también son esclavos de sus miedos y de sus pasiones, y los preceptos con los que rigen su temerario estilo de vida son tan pervertibles como los de cualquier otro.

A pesar de que los días de mayor inestabilidad quedaron muy atrás su presencia sigue siendo necesaria. La violencia es un fuego incapaz de extinguirse y que rebrota con frecuencia, un mal que adopta formas muy diversas y que se debe combatir con todos los medios disponibles. De ahí que la policía, cuyos agentes están obligados a ocultar su rostro y a permanecer en el anonimato para evitar represalias, recurra a su habilidad y experiencia actuando ahora sí en perfecta comunión.

Es el caso de la Hermana Noche (Regina King), una luchadora resolutiva y astuta que aunará esfuerzos con el Jefe de Policía Judd Crawford (Don Johnson) con el objetivo de desarticular un grupo supremacista que actúa bajo el nombre del Séptimo de Caballería. Sus miembros, que han radicalizado el viejo y dicotómico código de Rorschach, no sólo han puesto en su punto de mira a la comunidad negra sino también a las autoridades en caso de impedirles alcanzar sus metas.

La serie de HBO comienza su andadura con ambición y sin un ápice de temor, ansiosa por sobrecoger al espectador, intrigarlo y atraparlo aunque eso signifique levantar ampollas e incluso rememorar algunos de los episodios más funestos de la historia americana como los linchamientos racistas de Tulsa. El fantasma de aquella masacre sobrevuela un relato que ha sido abordado de manera incisiva, con un cautivador sentido de la estética y voluntad evocadora. No por nada su metraje remite con insistencia al material de la novela gráfica en la que se basa y descarta todo lo concerniente a la adaptación al cine firmada por Zack Snyder, cinta a la que homenajea en momentos puntuales -esa escena en la que suena Unforgettable– y cuyo libreto contaba con ciertas licencias creativas que podrían desconcertar a la audiencia.

Los más apasionados disfrutarán de un excitante festival referencial que incluso justifica un segundo visionado de los episodios. Esa lluvia de calamares modificados genéticamente a imagen y semejanza de la criatura que desencadenó el incidente de Nueva York, las imágenes retransmitidas por televisión del Dr. Manhattan y su fortaleza marciana, los miembros de la Caballería portando las máscaras del malogrado Rorschach y reproduciendo algunas de sus frases más icónicas, cartelería con antiguos miembros de los Minutemen, o la irrupción en la redada de la aeronave Arquímides, el vehículo que utilizaba Búho Nocturno en su lucha contra el crimen.

Es verano y nos hemos quedado sin hielo, el capítulo piloto de Watchmen, mezcla con descaro elementos reminiscentes con otros que han sido reimaginados y que manifiestan el inevitable del paso del tiempo. Pasado y presente de un universo que resulta intencionadamente confuso e imprevisible pero que nos ha prometido un asiento en primera fila para esa función excepcional de la que por ahora sólo sabemos el título: El hijo del relojero. Si su autor es como imaginamos un envejecido Adrian Veidt (Jeremy Irons) podemos esperar lo inesperado, pues ya sabemos lo que pasó la última vez que Ozymandias se dejó llevar por su faceta de dramaturgo. Las manecillas vuelven a girar.

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