Analizamos el regreso del modo campaña en Call of Duty: Modern Warfare

Si hace un año la saga Call of Duty decidía poner de nuevo los pies en el suelo y recuperar un enfoque más realista en el que ya no tenían cabida ni los exoesqueletos ni los trajes espaciales, con Modern Warfare la compañía da un paso más hacia el objetivo de volver a las raíces de una serie que se consagró con esa descarnada aproximación a los conflictos bélicos contemporáneos. Lo hace con Infinity Ward a la cabeza, el mismo estudio que revolucionó la fórmula durante la pasada generación con una trilogía que a día de hoy sigue siendo la mejor valorada de cuantas han creado los estudios bajo el paraguas de Activision.

El equipo californiano ha querido brindar a los aficionados la oportunidad de disfrutar de una experiencia más purista, no sólo en lo que se refiere a la vertiente competitiva del título sino también planteando una campaña para un jugador de la vieja escuela. Teniendo en cuenta que Black Ops IIII prescindió de esta modalidad para centrarse en el juego online y sacar partido a la creciente popularidad de los Battle Royale se trata de una excelente noticia para todos aquellos que todavía siguen interesados en este tipo de pasatiempos que cuentan con un componente narrativo muy acusado y un sentido del espectáculo digno de una gran producción de Hollywood.

El desafío del nuevo Modern Warfare se antoja mayúsculo. En primer lugar, reivindicar que en Call of Duty todavía hay hueco para estas elaboradas historias y que una parte significativa de la comunidad sigue sintiéndose atraída por estos emocionantes festivales de pirotecnia. Por otro lado, sobreponerse al peso del legado de un sello que obtuvo tantos reconocimientos en el pasado pero que poco a poco fue perdiendo capacidad de sorpresa y esa audacia que le permitía tocar fibras sensibles.

La perspectiva desde la cual se aborda este nuevo arco argumental es sin duda conservadora. Una vez más seremos testigos de un conflicto de dimensiones globales, que brotará del siempre convulso Oriente Medio y que repercutirá en las entrañas del mismísimo Londres. Una guerra en las sombras en la que las fuerzas militares rusas volverán a ponernos en jaque y en la que la amenaza del terrorismo islámico estará presente en las distintas operaciones que emprenderemos.

Los desarrolladores han tratado por todos los medios de impregnar de realismo un título que acostumbra a incomodarnos con misiones que en ocasiones ponen a prueba nuestra sensibilidad. El tiroteo en Piccadilly, el asalto al edificio de Candem, la matanza en el poblado o la toma del hospital de Urzikstán son buenos ejemplos de ello, planteando situaciones que no sólo pondrán a prueba nuestros reflejos y nuestra forma de jugar sino también nuestra percepción de los acontecimientos. Abatir a un tirador no es tan sencillo cuando una muchedumbre de inocentes corre despavorida por las calles de la capital británica, y detectar amenazas cuando aquellos que tenemos enfrente no portan uniforme puede hacernos dudar antes de efectuar el disparo, unos segundos que pueden significar nuestra muerte o la de nuestros compañeros. Es más, en ocasiones las circunstancias nos pondrán en una situación delicada forzándonos a decidir si el sufrimiento de unos pocos justifica cumplir con los objetivos de nuestra misión y así evitar un posible desastre en núcleos muy poblados. Decisiones tan desagradecidas como interrogar con violencia a dos inocentes para forzar la confesión de un prisionero y que, aunque no repercutirán en el devenir de la historia, tampoco dejarán indiferentes.

Ni que decir tiene que estos niveles acaban siendo los más memorables, contrastando con aquellos que nos instan a tomar una base militar o eliminar determinados objetivos y que nos remiten irremediablemente a lo visto en otras entregas. Esto no quita que las secciones más convencionales de esta modalidad cuenten con momentos muy interesantes y que, como suele ser costumbre, se dejen inspirar en grandes producciones cinematográficas. Es el caso del asedio a la embajada estadounidense, cuya desesperada defensa tiene mucho que agradecerle a la cinta de Michael Bay 13 horas: Los soldados secretos de Bengasi.

En este capítulo encontramos uno de los momentos más originales de la campaña, cuando debemos guiar a una mujer por distintas salas infestadas de soldados enemigos utilizando las cámaras de seguridad e indicándola el momento más propicio para avanzar o cambiar de posición para no ser descubierta. No es el único segmento en el que los desarrolladores tratan de romper la monotonía de la campaña, aire fresco en una saga que acostumbra a no darnos un segundo de descanso con el gatillo.

Estamos ante una trama que se desarrolla desde distintos puntos de vista ya que Modern Warfare nos permite controlar varios combatientes desperdigados por todo el globo y que jugarán un papel fundamental en una compleja operación para la recuperación de un peligroso cargamento que podría ser utilizado para perpetrar un ataque químico devastador. Por un lado se encuentra Alex, un soldado americano que prestará su apoyo a un grupo de luchadores por la libertad liderados por la combativa Farah, que busca liberar a su país -un ficticio Urzikstán que guarda numerosas similitudes con Afganistán- y poner fin a los crímenes contra la población civil por parte de las fuerzas de ocupación. Por otro, el sargento Kyle Garrick, del ejército británico, volcado en la detección y desarticulación de células terroristas. Sus pasos se cruzarán con los del Capitán Price, un viejo conocido de la saga que le invitará a unirse a los SAS.

A fin de introducir cierta calidez en un relato tan descarnado se ha puesto especial hincapié en la relación entre los personajes en ambos frentes. Alex y Farah se convertirán en aliados forzosos y deberán establecer un vínculo de confianza pese a pertenecer a dos mundos muy diferentes y a asumir su rol en la guerra de maneras muy distintas, mientras Price será el perfecto contrapunto de un impulsivo Garrick que tendrá mucho que aprender de la serenidad y la experiencia sobre el terreno de su camarada. Un guión, en definitiva, que sabe mantener el interés, que es la perfecta excusa para situarnos en ubicaciones muy variadas y al que sólo podemos achacar su incapacidad para desprenderse de algunos de los clichés más tediosos de los relatos bélicos que se acentúan en los compases finales de la aventura.

En el terreno jugable la campaña nos posibilita poner en práctica algunas de las novedades que Call of Duty: Modern Warfare ha implementado en su fórmula, principalmente el apuntado desde distintas coberturas y la posibilidad de apoyar el arma sobre superficies para estabilizarla y mejorar la precisión del disparo. Estas mecánicas las utilizaremos habitualmente en capítulos en los que la acción se intensifica aunque por lo general el juego presenta un ritmo más pausado que en otras ocasiones. Las misiones de infiltración o los asaltos a viviendas y centros de operaciones son la mejor muestra del enfoque táctico del que hace gala esta entrega -hay que ir con cuidado ya que no soportaremos tanto daño como en otros títulos de la serie- y que le otorga cierta personalidad.

En todo caso la campaña de Modern Warfare es tal y como la esperábamos, un notable entretenimiento que sigue brillando por su intensidad y su espectacularidad. Y es que a nivel visual hacía mucho tiempo que Call of Duty no lograba asombrarnos como lo ha hecho el juego de Infinity Ward. La renovación de su motor gráfico y el uso de la tecnología ray tracing le ha sentado realmente bien, tanto en la calidad de los modelados como en la iluminación, apartado que merece nuestras alabanzas. En los niveles nocturnos estas bondades técnicas se acentúan favoreciendo la recreación de atmósferas fotorrealistas y la inmersión que supone activar las gafas de visión acentuando efectos en pantalla como el del láser de nuestras armas o los fogonazos de los tiroteos.

El rendimiento del juego es excelente. La fluidez siempre ha sido una constante en las partidas de la saga de Activision y este Modern Warfare no es una excepción. Salvo retardos puntuales en la carga de texturas al comienzo de algunos niveles y algún que otro comportamiento extraño en las animaciones de los personajes no controlables poco se le puede achacar a una entrega que técnicamente se muestra muy sólida.

El apartado sonoro mantiene su buen nivel habitual, con unos efectos contundentes que nos sumergen en el fragor de la batalla. Aunque la banda sonora no resulta demasiado memorable sí que hay que hacer mención al excelente doblaje al castellano, que cuenta con actores de primer nivel a los que solemos escuchar cada vez que acudimos a las salas de cine como Gabriel Jiménez -la voz de Hugh Jackman– que interpreta al Capitán Price.

El buen hacer de todos ellos acaba perjudicando a la gran invitada de esta edición, la actriz Najwa Nimri que asume el rol de la supervisora de la CIA Kate Laswell. Su participación no es para nada anecdótica ya que cuenta con una cantidad considerable de líneas de texto al ser la encargada de exponer los objetivos de muchas de las misiones. Sin embargo su trabajo queda varios peldaños por debajo de compañeros mucho más experimentados y que logran insuflar mayor vigor a sus personajes.

Modern Warfare ha vuelto ofreciéndonos una de las campañas más interesantes y completas de la serie. Mantiene sus señas de identidad y se esfuerza por no resultar indiferente, sobrecogiendo al jugador con la crudeza y el espanto que van asociados a los conflictos armados contemporáneos. Su duración varía entre las 6 y 8 horas de rigor y su desarrollo es ciertamente lineal, aspectos que hace muy poco penalizaban a este tipo de lanzamientos pero que a día de hoy con el mercado saturado de juegos de mundo abierto se percibe como una experiencia de lo más satisfactoria en especial para todos aquellos que prefieren ir al grano y deleitarse con el olor de la pólvora.

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