The Crown: la mezcla perfecta de pompa, boato, drama y contención en su tercera temporada

Olivia Colman es un regalo de los dioses. No es una sorpresa, ya lo sabíamos, pero aún así hay que repetirlo: su Isabel II es suprema:, siempre en su sitio, con el punto justo de sorna,  la mezcla perfecta entre apertura emocional y restricción física – esa lágrima al final de Aberfan-, esa mezcla entre tener la seguridad que solo puede dar saberse monarca, con la inseguridad de ser consciente de que de la familia real nunca serás la joya más brillante. Colman ha hecho que no nos duela (tanto) la partida de Claire Foy y los primeros años de monarquía cuando todo era brillante y el aire estaba lleno de promesas.

Esta tercera temporada de The Crown nos sitúa en los complicados años sesenta. Huelgas, la libra en caída libre, Johnson con pocas ganas de echar una mano al gobierno británico excepto, quizás, al cuello; problemas con los mineros, con Gales, con los escándalos y con la familia que empieza a encontrar más dificultades a la hora de tapar escándalos. Y encima va el heredero y se enamora, sí, de Camila.Aún menos ahora, que todavía no ha parecido que no ha aparecido Diana de Gales en la ecuación. Porque lo que mejor hace The Crown es humanizar a sus protagonistas.

No, en serio, hablemos del príncipe Carlos: la interpretación de Josh O’Connor ha limpiado solita la imagen del sempiterno Príncipe de Gales: lo que ya se intuía en la temporada anterior se desarrolla completa y brillantemente en esta tanda de episodios. Solitaria es la cabeza destinada a portar la corona ,sí, pero aún más en la Casa de Windsor, aparentemente. Aquí llega la primera pega, entiendo que la visión popular de la historia del duque de Windsor (brevemente Eduardo VIII) es que abdicó por amor. Entre otras cosas porque para la imagen de la monarquía era terrible admitir que el principal problema que tenía el gobierno británico con su matrimonio no tenía tanto que ver con los tres divorcios como con que las simpatías nazis de la señora Willis (y, del propio monarca). Digo esto porque resulta inquietante el empeño de la serie de Netflix con realizar paralelismos entre el actual príncipe de Gales y el duque de Windsor. El segundo era un simpatizante nazi y el segundo o peor que ha hecho en su vida – que sepamos- es una pésima gestión de su matrimonio con Lady Di. Es extraño que se intente forzar con esa comparación las simpatías hacia nadie.  No voy a entrar en si a los personajes parecen pensar que es peor abdicar que tener cierta querencia por el fascismo, porque la familia real británica parece bien capaz de tener así de mal organizadas sus prioridades. Las cosas como son.

Políticamente el centro de estos capítulos ha sido Gales. Su identidad, su idiosincrasia, su olvido sistemático por parte de Inglaterra. El capítulo de Aberfan es supremo, el de la coronación de Carlos es brillante, pero, sobre todo, lo que ha sido The Crown es honesta y valiente. Igual que los brillos de la corona, hay que mostrar los lodos de las minas, amén de la distancia insalvable que hay entre ambos. ¿Se ha echado de menos alguna mención a Irlanda y el ‘Bloody Monday’? Sí, claro, pero dado que Gales y su idiosincrasia no suelen recibir tanta atención por parte de este tipo de producciones y que seguramente, al acercarse la muerte de Mountbatten, Irlanda vaya a ser el centro de la temporada que está por venir, podemos esperar a ver cómo gestionan la relación de la corona con el conflicto irlandés.

Mientras tanto, disfrutaremos del té. Y del talento.

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