Star Trek: Picard, una última frontera con aroma a earl grey

Con el universo trekkie perdiendo fuerza en las salas de cine tras el esperanzador reinicio de la franquicia orquestado por J.J. Abrams era cuestión de tiempo que la franquicia retornase al medio que la vio nacer allá por 1966. Dos temporadas de Star Trek: Discovery han bastado para comprobar que a esta space opera le sienta bien el formato televisivo, mucho más permisivo a la hora de contar historias con un largo recorrido y profundizar en personajes que suelen destacar por su singularidad.

Si bien la serie protagonizada por Sonequa Martin-Green suponía un soplo de aire fresco para un sello que necesitaba como el comer una producción acorde con los estándares actuales y con la que llamar a la puerta de una nueva generación de espectadores, parece que Alex Kurtzman y su equipo han decidido que por fin es buen momento para dirigirse a los seguidores más talluditos. Aquellos que, como mínimo, siguieron con emoción los viajes del Enterprise en la década de los noventa, que vibraron cada vez que a su intrépida tripulación lidiaba con las artimañas de los Romulanos, las pugnas shakesperianas de los Klingon o el terror tecnológico de los Borg.

En una época en la que la nostalgia es un valor en alza, Star Trek: Picard trae de vuelta a uno de los rostros más emblemáticos de la ficción otorgándole el protagonismo indiscutible de una serie que tal y como sus creadores han expuesto supone una nueva etapa en la vida de aquel que una vez se sentara en el sillón de mando de la nave insignia de la Flota Estelar.

Recto, prudente, compasivo, Jean-Luc personificó algunos de los mejores valores de esa humanidad que concibió Gene Roddenberry para su utopía galáctica. Aunque su carácter difería con el del travieso James T. Kirk, alimentando durante años el debate de quién de los dos era el mejor de los capitanes, su trayectoria estuvo salpicada de momentos memorables que contribuyeron a engrandecer la leyenda de todo un icono de la pequeña pantalla.

Star Trek: Picard tiene lugar años después de que el personaje interpretado por Patrick Stewart abandonase el servicio activo. Su plácido retiro en el château de su familia tiene cierto efecto balsámico en un hombre al que todavía atormentan los sucesos que devinieron en su salida de la Flota y que guardan una estrecha relación con su participación en la evacuación del planeta Rómulo antes de su destrucción, una catástrofe que también tuvo su eco en las últimas entregas cinematográficas.

Conocer en detalle lo que ocurrió en su última misión y la razón de que su discurso se haya tornado tan amargo es uno de los grandes incentivos de la temporada, que en su primer episodio plantea numerosas incógnitas. Lo que parece seguro es que a Picard no le será posible huir de su pasado y que todavía tiene un importante papel que jugar en una oscura trama en la que intervendrán facciones como los romulanos y los sintéticos.

La presencia de estos últimos pone de manifiesto que la sombra del comandante Data sigue siendo alargada. El carismático androide, que fue destruido al final de Star Trek: Némesis tras salvar la vida de Jean-Luc, sigue formando parte de los sueños de su envejecido amigo dejando algunas pistas que lo relacionan con Dahj, una misteriosa joven a la que están dando caza y que por alguna razón está convencida de que el ex almirante tiene la llave de su salvación.

Aunque sería injusto decir que Star Trek: Picard no podrá ser disfrutada por los neófitos, sí es cierto que resulta conveniente conocer la franquicia para una mejor comprensión de algunos de los acontecimientos que se narran. Saber que Data diseñó a su propia hija en uno de los episodios de Star Trek: La Nueva Generación o que en la ya citada Star Trek: Némesis aparecía una réplica menos avanzada del androide bautizada como B-4 son pequeñas pinceladas de un cuadro que empezó a esbozarse hace ya mucho tiempo. No impedirán asimilar la obra en su conjunto pero desde luego favorecen saborearla en su plenitud.

Tal vez el mayor desafío de la ficción sea precisamente combinar de manera equilibrada un reparto trufado de rostros conocidos con aquellos que debutan en este universo y aspiran a dejar su huella. La frescura de intérpretes como Isa Briones o Alison Pill frente al aplomo y la veteranía de un Patrick Stewart que no acusa el peso de la función. Por supuesto no tardaremos en disfrutar de la intervención de viejos conocidos con los rasgos de Jonathan Frakes, Marina Sirtis o Jery Ryan, leyendas que se unirán a Brent Spiner en este ilustre festival de cameos que es Star Trek: Picard.

Estamos ante una producción con una puesta en escena elegante, que dosifica con prudencia cualquier exhibición digital. Al fin y al cabo, su propuesta introspectiva no es comparable a la de otras series del mismo sello. Esto no significa que no haya escenas de acción bien coreografiadas o que sus frecuentes saltos de entornos cotidianos a otros más vanguardistas no le aporte cierto dinamismo.

A Picard se le definió como un líder nato, un diplomático, un estratega, mientras que él siempre subrayó que su alma era ante todo la de un explorador. Esperamos que su serie explore esos lugares donde ninguna otra ficción ha podido llegar. De momento su arranque es prometedor, lleno de intriga y sensibilidad, que mira con insistencia al pasado pero a la vez desarrollando su propia identidad. Mucho se tienen que torcer las cosas para que su visionado no se convierta en una experiencia obligatoria para los entusiastas de Star Trek.

Make it so! 

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