Kirk Douglas: 8 películas para la eternidad

El adiós de Kirk Douglas a los 103 años ha dejado de luto a una industria que llora la muerte de la última leyenda de la edad de oro de Hollywood. El actor, con 92 películas a sus espaldas y una carrera que se extendió durante siete décadas, cuenta con auténticas joyas en su filmografía. Clásicos inmortales de múltiples géneros en los que dio vida a personajes cuyas voces resonarán por siempre en la historia del celuloide. No hay mejor momento para hacer un repaso de aquellas películas imprescindibles en su trayectoria y que contribuyeron a convertirlo en una estrella de fama mundial.

El ídolo de barro (1949)

El clásico pugilístico de Mark Robson alberga una de las mejores interpretaciones que nos ha ofrecido el actor y que le valió su primera nominación al Oscar como mejor actor principal. Su personaje, Midge Kelly, era un aspirante a boxeador de carácter violento y manipulador que en su empeño por llegar a la cima no dudaba en dejar atrás a su familia y amigos. La historia de un hombre cegado por la fama y la ambición que con su crudeza y su excelente pulso melodramático dejó un importante legado a los grandes cineastas que posteriormente plasmarían su huella en el género.

Cautivos del mal (1952)

Kirk Douglas compartió cartel con Lana Turner en este estupendo filme en el que Jonathan Shields, un productor de cine caído en desgracia, trata de pedir ayuda a un director, un guionista y una actriz con los que pretende volver a trabajar. A pesar de que todos ellos le deben su éxito, también guardan un profundo rencor a un hombre sin escrúpulos que los traicionó cuando le resultó conveniente. La película se estructura en tres actos en los que los distintos personajes narran sus peores vivencias con Shields, tres relatos en los que subyace una feroz crítica al lado oscuro y salvaje de la industria cinematográfica.

Veinte mil leguas de viaje submarino (1954)

Cualquier libro sobre el cine de aventuras debería llevar en su portada una foto de Ned Land con su gorra marinera y su camiseta a rayas. Richard Fleicher dirigió la adaptación de la venerada novela de Julio Verne con Kirk Douglas interpretando al intrépido ballenero. Con unos valores de producción admirables para la época y un notable sentido del espectáculo la cinta nos sumergía en lo más profundo del océano para conocer los secretos del Nautilus y el no menos misterioso capitán Nemo. Un viaje lleno de peligros que no estaba exento de cierta comicidad gracias a la buena sintonía entre Douglas y Peter Lorre.

El loco de pelo rojo (1956)

Kirk Douglas dio vida al magistral pintor Vincent Van Gogh en uno de sus proyectos más personales y por el que recibió su tercera nominación a los premios Oscar. La cinta abarca los años más convulsos del artista holandés, haciendo hincapié en su relación con aquellos autores que más influenciaron su trabajo y los fracasos afectivos que definieron su inestable personalidad. Un biopic firmado por Vincente Minelli que rezuma pasión por los cuatro costados y que hace gala de un estilo visual que remite sin descanso a la obra de Van Gogh.

Senderos de Gloria (1957)

Una de las películas más laureadas del género bélico es a la vez un poderoso alegato antimilitarista. Dirigida por Stanley Kubrick y basada en la novela homónima de Humphrey Cobb, Senderos de Gloria narra la ejecución de tres soldados acusados falsamente de cobardía e insubordinación tras un fallido asalto a las posiciones alemanas durante la Primera Guerra Mundial. Douglas, en el papel del coronel Dax, era el encargado de la defensa de los combatientes en un consejo de guerra irregular y que ponía de manifiesto la deshumanización de los altos mandos. Un clásico atemporal que concluye con una de las escenas más emotivas de la historia del cine.

Los vikingos (1958)

La cinta de acción y aventuras de Richard Fleischer es a menudo recordada por la caracterización de Kirk Douglas, una de las más imponentes de su carrera. La película gira en torno a la rivalidad entre Einar y Erik, dos hermanastros vikingos que ignoran su parentesco. Mientras que el primero es el heredero al trono de su tribu, el segundo es un esclavo enamorado perdidamente de la princesa Morgana, raptada en una de las últimas incursiones. Ambos huirán de su cautiverio despertando la ira de Einar, que les perseguirá con su ejército obsesionado con recuperar a la mujer y vengarse de su enemigo. Resulta difícil no pensar en la película sin rememorar el asedio a la fortaleza de York o aquella simpática escena en la que Douglas alardea de su equilibrio saltando de remo en remo hasta que cae de cabeza al agua. Un pequeño “accidente” que ocurrió durante el rodaje y que fue incluido en la película.

El último tren de Gun Hill (1959)

Fueron varios los westerns que contaron con Kirk Douglas en sus créditos, sin embargo si nos tuviésemos que quedar con uno ese sería sin duda El último tren de Gun Hill. El filme cuenta la desgarradora historia de Matt Morgan, un hombre dispuesto a todo por llevar ante la justicia a los asesinos de su mujer de origen indio y a la que dos vaqueros violaron y apalizaron cuando volvía a casa con su hijo. Todo se complica cuando descubre que el principal responsable es el hijo del cacique de Gun Hill, un viejo amigo de Morgan que no está dispuesto a que se lo lleve y lo cuelguen por sus fechorías. Sólo por el estremecedor cara a cara entre Douglas y el gran Anthony Quinn en la estación de tren merece la pena el visionado. El cine en su máxima expresión.

Espartaco (1960)

Esta obra maestra del péplum consagró a Stanley Kubrick como director de prestigio y reafirmó a Douglas como una de las grandes figuras del Olimpo hollywoodense. La historia del esclavo que puso en jaque al poderoso Imperio Romano fue un proyecto colosal que combinaba la épica implícita en este tipo de producciones con una reflexión humanista que insufló trascendencia al relato. Mucho se ha hablado de la gran implicación del actor en la cinta, forzando la contratación de Kubrick en detrimento de Anthony Mann (con quien tuvo sus más y sus menos) e incluyendo en los créditos al guionista Dalton Trumbo, lo que supuso el principio del fin de la infame lista negra de una industria que durante años vetó a profesionales tildados de comunistas.

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