El Hoyo: una parábola voraz

La llegada de El hoyo a Netflix nos pilló a todos con nuestro confinamiento social, nuestra cuarentena y después de haber tenido que pelear con al menos un señor o señora desconocidos por la última lata de atún (porque del papel higiénico ya ni hablamos). Quiero decir, que pese a los premios que había recibido la película de Galder Gaztelu-Urrutia en Toronto, Sitges y  los Goya, el pelotazo ha llegado… cuando estábamos todos metidos en nuestros propios hoyos.

Porque muchas veces tan importante es hacer una buena película, como que el espectador la vea en el momento adecuado. El hoyo es obvia – y este término no lo he escogido a la ligera, no con esta película- en muchos aspectos, ya lo han dicho otras muchas críticas y no vamos a ahondar en este aspecto aquí, los espectadores lo saben, el director lo sabe y hasta la propia película es consciente de que su mensaje u otro muy similar ese ha tratado ya en relatos que van desde el 1984 de Orwell hasta Parásitos este mismo año, pasando por Cube y otras muchas. La fantasía y la ciencia ficción siempre han tenido la ventaja de poder darte en las narices con esas evidencias de la vida que ignoramos no por estulticia o mala baba, sino porque aquello con lo que convives día a día tiende a convertirse en rutina, en invisible.

Por lo tanto, El hoyo nos mete de un empellón en una cárcel vertical a la que van a parar criminales, pero también desamparados y parias de toda clase. En ella  el único alimento llega por medio de una plataforma que desciende nivel a nivel y de la que puedes comer todo lo que quieras mientras esté en el tuyo y luego no te guardes nada. Si todo el mundo comiera solo lo que necesita, habría comida para todos. Lo habéis adivinado, aquí viene lo “obvio”, los niveles superiores comen a dos carrillos sin dispensar medio pensamiento a los que puedan estar debajo. Los de abajo lo tienen mucho más crudo, literalmente. Y aquí comienza lo que no es tan “obvio”: un mes puedes estar arriba y al siguiente en un nivel inferior y viceversa. Uno pensaría – algún personaje lo hace- que en algún momento tendría que suceder algo, una conciencia colectiva de yo te rasco la espalda y tú me la rascas a mí, o su equivalente yo no me como este mes tú comida si tú no te comes la mía. La película de Gaztelu-Urrutia señala la falta de conciencia de los de arriba, sí, pero también la insensibilidad que produce ser de los de abajo. El hombre planea, vive y consume a corto plazo y pensando solo en su supervivencia.  Al final siempre tendremos alguien por debajo.

Por eso ha resonado tanto en estos días, porque en el fondo sabías que iba a hacer el del nivel de arriba – comprar todo el papel higiénico- y lo que iba a hacer el del nivel de abajo -luchar por esa última lata de atún con toda su ansiedad como arma-, mientras la nebulosa Administración sigue mirando sin que sepas muy bien que pasa por ese nivel que está por encima del nivel cero.

“Nada cambia espontáneamente, tiene que pasar algo antes”, dice el protagonista, Gureg, un hombre que sólo quería pasar unos meses leyendo El Quijote y salir de ahí con su título homologado y que se encuentra con que, efectivamente, los molinos son gigantes y la vida es aquel esperpento que clamaba Valle Inclán.  El hoyo, a través del magnífico trabajo de su elenco actoral, lanza un alegato no tanto a favor del cambio social per se, sino al cambio que sucede a través del cambio personal. ¿Hay algo más quijotesco que eso?

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