Bridgerton: a todos los duques de los que me enamoré, xoxo Lady Whistledown

Una servidora es una mujer moderna y todas estas cosas, pero la verdad es que si me pones delante un romance de época, con juegos de miradas, bailes con vestidos suntuosos, y todas las reglas de cortesía que los protagonistas están siempre a un minuto de lanzar por la venta, pero no lo hacen y acabas absurdamente emocionada porque se han tocado las manos y no había una chaperona a la vista… Bien, admito que no me puedo resistir a una historia de esas. No me escondo (aunque le echo la culpa a Austen).

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Así que no se puede decir que vaya a ser muy objetiva con Bridgerton, me ha parecido justo avisaros desde el principio. La serie de Netflix es una mezcla entre las novelas de Austen y Gossip Girl, con un toque de todas historias que pululan por internet con la etiqueta “AU- relación falsa”. Con esto quiero decir dos cosas: el realismo es lo último que tiene Bridgerton en mente, excepto por las convenciones sociales que puedan intensificar el romance; su objetivo está en recrear una sociedad suntuosa, fastuosa y casi de ensueño (¿Podemos pararnos un momento a apreciar la genialidad de tocar canciones pop con cuartetos de cuerda? Gracias) en la que las historias de amor puedan desarrollarse de una forma llamativa, pedirle cualquier otro tipo de realismo sería absurdo; segundo, Shondaland tiene muy claro lo que tiene que hacer para enganchar a su audiencia y lo ofrece con eficacia: amor, gente absurdamente hermosa, enredos, malentendidos, trajes lo suficientemente modernos para que quieras ponértelos y lo suficiente cercanos a la época para que la atmósfera no se rompa, sexo a raudales con muchos torsos desnudos y corsets que siempre quedan divinos y personajes lo suficientemente llamativos como para que quieras saber qué les va a pasar, o más bien, cómo se van a enamorar.

No es una serie “buena” en el sentido de que los premios por algo más allá de la producción ni estarán ni se esperan, no te va a hacer pensar, ni tiene una trama que sea un prodigio narrativo; pero sí que es muy buena en lo suyo: hacerte desconectar, entretener y divertir. Y también tiene su dificultad conseguir esto con tanta eficacia.

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Es cierto que tiene sus resbalones (ay, esa escena del capítulo seis, todavía duele), la mayoría derivados del material original ´- está basada en la saga romántica de Julia Quinn, ocho libros ni más ni menos- y, sobre todo, de la época en la que se escribieron esas novelas, las sensibilidades cambian y hay cosas en el relato que afortunadamente se han quedado muy desfasadas para una audiencia actual y que podrían haber decidido adaptar de otra forma.

De todas formas, esto no impide que estemos deseosos de ver las aventuras de los otros hermanos de Daphne – que son los protagonistas del resto de novelas- porque por muy guapo que sea el duque de Hastings (que lo es) y muy divina que sea Daphne, lo cierto es que los secundarios de esta temporada prometen dar mucho juego.

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