Los finales de película que lograron estremecernos

Nunca hay que subestimar el poder de un buen final. La maestría de un cineasta a la hora de culminar su película puede significar la diferencia entre un filme notable y una obra imperecedera, tal es su importancia en el proceso de creación. Al fin y al cabo, son muchos los proyectos que llegaron a las carteleras exhibiendo no pocas virtudes y que no consiguieron calar hondo en el imaginario colectivo precisamente porque sus responsables no supieron dar con ese desenlace capaz de asombrar al público.

Hoy queremos rendir tributo a aquellos clásicos del cine que sí lograron cerrar sus relatos con finales sorprendentes, atrevidos e incluso demoledores, que no hicieron sino acrecentar su leyenda. Si no son el final perfecto, que baje Norma Desmond y lo vea.

Senderos de gloria

La cinta antibelicista de Stanley Kubrick concluía con una última escena tan atípica como conmovedora. Desalentado por la hipocresía de los altos mandos y su absoluto desprecio por las vidas humanas, el coronel Dax regresaba a su oficina no sin antes detenerse a la entrada de una taberna donde sus tropas asistían a un bochornoso espectáculo protagonizado por una joven alemana que era forzada a actuar frente al público para amenizar la velada. Los asistentes, viendo en ella el lado más vulnerable de su férreo enemigo, la increpaban sin cesar hasta que tímidamente comenzaba a entonar una bella melodía. En cuestión de segundos los soldados enmudecían y sus ojos se llenaban de lágrimas, revelándose como lo que realmente eran. Pobres diablos que en cuestión de horas deberían volver a las trincheras para teñir de sangre el campo de batalla por la gloria de aquellos a los que nada más importaba.

El oso

Jean-Jacques Annaud firmó una verdadera oda a la ecología y uno de los filmes más bellos de la historia del séptimo arte. En su recta final el espectador es testigo de cómo el formidable oso al que el obstinado Tom ha perseguido durante buena parte del metraje sorprende al cazador en el momento en el que hace un alto para beber y refrescarse bajo una pequeña cascada. El depredador, convertido en la presa, se encoge de pavor cuando la bestia ruge delante de él y lo intimida con su envergadura. Porque, ¿qué es el hombre en comparación con las fuerzas de la naturaleza y las criaturas que en ella moran? De nada le serviría intentar llegar hasta su rifle o lanzarle una piedra, sabe que está a punto de morir y sólo puede sollozar e implorar al animal que no lo mate. Para su sorpresa, su oponente se retira dejándole un mensaje claro y contundente: no merece la pena. Avergonzado ante semejante lección de humildad, Tom no es capaz de abatirlo desde lejos con su arma y lo deja ir poniendo punto y final a su aventura.

Dersú Uzalá

Un clásico del maestro Kurosawa que brilla con luz propia en su augusta filmografía. De la amistad sincera entre el capitán Arseniev y el cazador Dersú nació una emotiva historia cuyo último capítulo tenía lugar en Khabarovsk, la ciudad en la que el oficial tenía su residencia familiar. Tras varios meses compartiendo techo el envejecido nómada expresaba su deseo de regresar a la estepa y retomar la vida a la que estaba acostumbrado, lejos de esa civilización erigida sobre leyes que jamás entendería. Con gran dolor pero comprendiendo la penosa situación de su querido amigo, Vladimir acepta la petición no sin antes obsequiarle con un sofisticado rifle con el que le será más fácil sobrevivir. No podía imaginar que su regalo sería la causa de la muerte de Dersú, asesinado en el camino por unos ladrones atraídos por su única posesión de valor. Un final ingrato para una persona amable y bondadosa, que nunca dudó en ayudar a los demás y que vivió en armonía con la naturaleza. Una amarga crítica a la sociedad moderna que sirve como despedida perfecta para la película.

Cinema Paradiso

Con Cinema Paradiso el director Giuseppe Tornatore no sólo retrató con gran sensibilidad la Italia de posguerra, también firmó de su puño y letra una carta de amor al cine escrita fotograma a fotograma. Un clásico que contó con uno de los finales más bellos jamás rodados, en el que un Salvatore ya adulto vuelve al pueblo en el que pasó su infancia entre rollos de película y cartelería para despedir a amigo y mentor Alfredo. El viejo proyeccionista, que le había hecho jurar no volver nunca a aquel lugar en pos de labrarse un futuro mejor en la gran ciudad, le había dejado un último regalo. Una bobina en la que había montado todas y cada una de las escenas románticas que durante años se había visto obligado a cortar a golpe de campanilla bajo la más estricta supervisión del Padre Adelfio. Un metraje que el pícaro Totó había codiciado durante sus visitas a Alfredo y que éste le había prometido a regañadientes pero no antes de alcanzar la madurez. Una promesa cumplida tras la muerte y un visionado muy especial con el que el afamado cineasta por fin podría reconciliarse con su pasado.

El graduado

Que nadie se lleve a engaño, la cinta de Mike Nichols va mucho más allá de su atrevida premisa. La tórrida relación entre el joven Benjamin y la señora Robinson se empleó como el perfecto caldo de cultivo para una conclusión mucho más salvaje e inesperada, en la que el personaje interpretado por Dustin Hoffman se jugaba el todo por el todo irrumpiendo en la boda de Elaine con la esperanza de que la joven correspondiese tan apasionada declaración. La fuga de los amantes generó el caos en una ceremonia en la que los invitados fueron repelidos por Ben, que esgrimiendo un enorme crucifijo mantuvo a raya a cuantos trataron de prender a la novia para más tarde bloquear las puertas del edificio utilizando el mismo objeto. Tras una jubilosa carrera los prófugos se montan en un autobús y desde los asientos traseros contemplan cómo dejan atrás la iglesia ante la atenta mirada del resto de los pasajeros. El plano que cierra la película muestra los rostros de ambos cuya expresión alegre y liberada se torna en incertidumbre, tal vez pensando por primera vez en el futuro incierto al que se dirigen. Un punto y aparte para ambos personajes y a la vez un desenlace extraordinario para uno de los filmes de culto de la década de los sesenta y una reflexión mordaz de la efervescencia de la juventud.

El crepúsculo de los dioses

No hay película de cine negro que no muestre un cadáver antes de llegar a los títulos de crédito. En el caso de la obra maestra de Billy Wilder el cuerpo del delito acababa flotando en una piscina, en concreto la de la mansión de Norma Desmond. Durante el interrogatorio de la policía la atormentada actriz, culpable manifiesta del asesinato de su amante, exhibe una actitud enajenada que frustra cualquier intento de los agentes de esclarecer lo ocurrido. Como último recurso, los responsables del caso acuerdan con su mayordomo Max seguirle el juego y fingir que un coche aguarda en la entrada para llevarla al rodaje de una nueva película que relanzará su malograda carrera. En una última y estremecedora escena Desmond, ataviada como la mismísima Salomé y con la actitud altiva y confiada de las grandes estrellas del celuloide, desciende desde lo alto de la escalinata regocijándose ante los flashes de los fotógrafos y las cámaras dispuestas por su fiel asistente, al que confunde con Cecil B. DeMille. Su mirada no deja lugar a dudas, ha perdido irremediablemente la noción de la realidad.

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