Crítica de Raya y el último dragón – La llamada de la aventura

En un año que está resultando muy duro para los exhibidores que Raya y el último dragón no esté presente en las carteleras de todo el mundo es digno de lamentar. Y no sólo por la indudable calidad de la cinta dirigida por Don Hall y Carlos López Estrada, sino también por el exiguo revuelo que el estreno ha causado entre aquellos espectadores acostumbrados a acudir a las salas una vez por temporada para ver esa superproducción con el sello Disney con la que la compañía quiere envolver con su magia a grandes y pequeños. Un evento cinematográfico y para muchos una tradición inquebrantable llamada a aportar una pizca de ilusión justo cuando más se necesita.

Sirva de consuelo que con la implantación de su plataforma de streaming el gigante del entretenimiento ha encontrado nuevas formas de acercar al público sus flamantes producciones, por mucho que su acceso Premium esté generando no poca controversia. Si bien no es fácil aislarse del estruendo que este tipo de decisiones provocan en la industria, también lo es negar que lo nuevo del estudio de animación es uno de sus trabajos más gratificantes de los últimos años.

Un relato emocionante y de exquisita factura técnica que nos transporta al reino de fantasía de Kumandra, una tierra azotada por criaturas malignas que una vez fueron expulsadas gracias al sacrificio de los dragones. Con su regreso la última esperanza de la humanidad recae en una joven guardiana y su incansable búsqueda del último de estos seres ancestrales, cuyo poder puede ser la clave para reconstruir este asolado mundo.

La compañía del ratón Mickey se sigue sirviendo de elementos fuertemente arraigados en su fórmula de éxito para dar forma a esta épica con tintes orientales, como esa concienzuda mezcla de drama y humor o la consabida aparición de adorables animalillos con los que dulcificar el metraje. Sin embargo, también ratifica la apuesta de la factoría por romper con sus propias convenciones, una senda que abrieron algunos de sus clásicos contemporáneos como Vaiana, Frozen o la estupenda Zootrópolis. En este sentido destacar que la protagonista no está espoleada por un interés romántico, que hay villanos que no lo son tanto y que se prescinde de números musicales para otorgar más margen a otras parcelas creativas.

El viaje de Raya, lleno de personajes variopintos pero unidos por la pérdida y la incertidumbre, es emotivo y lanza un poderoso mensaje que se antoja muy relevante en nuestros días: no habrá progreso sin unidad, ni armonía sin la confianza de aquellos en cuyas manos está hacer del mundo un lugar mejor.

Dicho esto, que nadie se lleve a engaño. Raya y el último dragón es una película de aventuras y es en este género en el que mejor se desenvuelve gracias a su estupendo ritmo y a su energía. La acción se nutre de coreografías mucho más inspiradas que de costumbre, haciendo que algunos combates de artes marciales contengan movimientos que son un auténtico deleite, y su estilo visual resulta tan coherente con el imaginario Disney como sorprendente. Nunca aburre, y es precisamente por lo excitante que resulta descubrir a cada paso todo lo que entraña este exótico universo en el que se desarrollan los acontecimientos.

No son muchas las faltas que se le pueden achacar a la película, más allá de una historia que arriesga muy poco y algunos secundarios un tanto desaprovechados, probablemente por la sobreabundancia de estos llegados a cierto tramo del metraje. También algún que otro déjà vu en el diseño de ciertos los personajes, empezando por el bueno de Tong al que alguien debería advertir de que uno de sus parientes lejanos se gana la vida entre rufianes tocando el piano con su garfio en una posada cercana a la torre de Rapunzel.

Poca cosa para una cinta que destila ternura y vitalidad, que atesora un gran sentido del espectáculo, una bellísima banda sonora firmada por James Newton Howard y una protagonista a la que ni siquiera ese último dragón que adorna el título consigue hacer sombra. Por mucho que luzca un pelazo.

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