Crítica de Monster Hunter – Tengo la sensación de que ya no estamos en Kansas

No debería sorprender tanto que Monster Hunter, una película de esas que acostumbramos a vincular a la época estival, llegue a las salas en vísperas de la Semana Santa. Al fin y al cabo, la crisis del coronavirus ha tenido un impacto severo en la industria cinematográfica y lleva meses trastocando el plan de lanzamientos de las distribuidoras. Es por eso que aquellos que esperaban una semana de estrenos marcada por la iconografía religiosa o por el enésimo remake de clásicos como Ben-Hur, deban conformarse con ver a Milla Jovovich haciendo frente sin remilgo alguno a una nueva tanda de pavorosas criaturas. Y créanme que tal vez salgamos ganando, sobre todo si recordamos lo que Timur Bekmambetov le hizo allá por 2016 al relato de Lewis Wallace adaptado con maestría por el gran William Wyler para Metro-Goldwyn-Mayer.

Pero el cineasta que hoy nos ocupa tiene otro nombre, y es Paul W.S. Anderson. El director y guionista, buen conocedor del ámbito videojueguil, lleva años volcado en trasladar a la gran pantalla algunas de las licencias más importantes del ocio electrónico, tales como Mortal Kombat o Resident Evil. Su último arrebato le ha llevado a dar vida a la popular franquicia de Capcom, que vuelve a contar con Jovovich como protagonista absoluta de esta cinta de corte fantástico sin más pretensión que la de entretener al respetable mientras engulle su oportuna ración de palomitas.

En Monster Hunter no hay espacio para la coherencia argumental, mucho menos para el pensamiento reflexivo. La cinta basa todo su potencial en ese sentido del espectáculo que Anderson maneja con soltura, preocupándose de manera obsesiva por evitar que el espectador atisbe un solo momento de tedio. Para ello, nada mejor que una heroína versada en el arte de patear traseros y un elenco de criaturas cuya fiereza sólo es comparable a su descomunal tamaño.

La historia, por si les interesa o no han llegado a ver el tráiler, se centra en un grupo de militares en busca de una patrulla perdida que son engullidos por una extraña tormenta. Un fenómeno que les transportará por arte de birlibirloque a un mundo inhóspito y salvaje donde no tardarán en ser atacados por una temible bestia que les empujará a una carrera por la supervivencia.

La trama adoptará tintes robinsoncrusianos cuando la teniente Artemis establezca contacto con un habilidoso cazador con quien deberá unir fuerzas para hacer frente a tan letal amenaza y atravesar el desierto en busca de un modo de volver a casa. Sin duda la excelente química entre la actriz de El quinto elemento y Tony Jaa, alguien que no necesita presentación si se es aficionado al buen cine de artes marciales, se impone como el mejor reclamo para dejarse llevar por esta aventura en la que no faltan situaciones cómicas y sus correspondientes dosis de adrenalina.

Eso y por supuesto el excelente diseño de los kaijus que dan sentido a la función. Los fans de los videojuegos reconocerán de inmediato a las principales criaturas que han sido convocadas para la ocasión, y es que al igual que ocurría en Resident Evil –película muy criticada en su estreno y a la que el tiempo ha colocado en su lugar- Anderson se desmarca de la línea argumental de la saga y se sirve de sus elementos más distintivos para confeccionar un producto que más allá de respetar los cánones estéticos no necesita de ningún referente para ser disfrutado por cualquier amante del género.

Eso no quita que la cinta carezca de la audacia necesaria para explorar este universo hasta convertirlo en algo fascinante. Su propuesta peca a menudo de simplista, pierde fuelle en su segundo acto y sus escenas de acción, pese a ser efectivas, se sienten por momentos como un pastiche de los instantes más memorables de cintas como El imperio del fuego. A esto hay que sumarle que, más allá del magnetismo de los dos protagonistas, no existen personajes secundarios que ayuden a fortalecer la narración. Es más, cada segundo que alguno de ellos permanece en pantalla se antoja de lo más irritante. Sólo Ron Perlman hace valer sus galones con su tibia aportación, si bien su caracterización imposible no nos pone nada fácil prestarle la debida atención. Y eso que su personaje guarda algunas de las claves de la exigua trama.

Monster Hunter no es un alarde de originalidad. Ni siquiera apunta a ocupar un lugar entre las mejores adaptaciones cinematográficas de un videojuego. Pero es honesta y no pretende ser más de lo que es, una cinta de acción de las que no pierden el tiempo y el suntuoso tributo de un marido devoto a su esposa guerrera. Si esto no es amor…

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