Crítica de Spider-man: No Way Home – El niño que se hizo hombre

Hay ocasiones en las que el mero hecho de ir al cine conlleva un gran poder y, por ende, una gran responsabilidad. Si bien todas y cada una de las nuevas producciones que año tras año emergen de ese inagotable manantial marvelita tienen por costumbre sobrecoger al fandom con sucintas revelaciones que apuntan directamente a las futuras entregas, sólo unas pocas apuestan por cimentar su propuesta en una sucesión de sorpresas con las que llevar la experiencia del visionado a un nuevo nivel.

Que Spider-man: No Way Home iba a ser un verdadero festival metarreferencial era la menor de todas ellas, algo de lo que llevan meses asegurándose los responsables de marketing. Basta con decir que aquellos que se hayan curtido en el cine de superhéroes al son del balanceo del infatigable lanzarredes tienen muchos y muy buenos motivos para comprar su entrada. Porque si Vengadores: Endgame supuso el colosal cierre a diez años de universo cinematográfico Marvel, la película de Jon Watts rinde tributo a dos décadas de acrobacias arácnidas.

La cinta protagonizada por Tom Holland no se conforma con echar la vista atrás, sino que abraza el legado fílmico del personaje con un inusitado cariño y respeto creativo, poniéndolo en valor e incluso asegurándose de cerrar viejas heridas. Lo hace con inteligencia, consciente de aquello que funcionó y también de lo que no, tratando de equilibrar su indudable sentido del espectáculo con una notable carga emotiva que por momentos se apodera del relato.

Sin embargo, Spider-man: No Way Home no solo se sirve de tamaño arrebato nostálgico para justificar la incorporación de los elementos de sus antecesoras, también para consolidar la actual versión del héroe y que jamás se había acercado tanto a la verdadera esencia del hombre-araña. Al fin y al cabo, el último año de instituto de Peter Parker será el que marque el paso a la madurez de este atolondrado adolescente, condenado a cargar con sus pesares y a enfrentarse al mundo a menudo sin una máscara cubriéndole el rostro.

Poco importa que esta tercera entrega se enrede de vez en cuando en ese multiverso que marcará la fase cuatro de la franquicia capitaneada por Kevin Feige, o que la acción culmine de manera algo tontorrona al más puro estilo de La Casa de las Ideas. La cinta de Watts supone un punto de inflexión tan necesario como pertinente en la trayectoria del icónico personaje en la gran pantalla. Su cierre, lleno de melancolía e incertidumbre, es el perfecto recordatorio de por qué el vínculo entre Spider-man y el público no lo ha podido replicar ningún otro héroe.

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