Películas en las que los directores engañaron a sus propios actores

“Soy manipulador, pero es parte de mi trabajo”. Con esta frase el director Álex de la Iglesia justificaba el uso de imaginativas tretas a la hora de gestionar los repartos de sus películas y así sacar el máximo partido a sus interpretaciones. Antes que él otros grandes realizadores no dudaron en engañar a los actores bajo sus órdenes, ya fuese con pequeños embustes o con maniobras mucho más perversas con las que muchos se llevarían las manos a la cabeza.

A continuación vamos a recordar aquellas ocasiones en las que reputados cineastas se las apañaron para jugársela a sus estrellas…

Espartaco (1961)

La película que relataba las hazañas del esclavo que puso en jaque al poderoso Imperio Romano contó con uno de los mejores repartos de la historia del cine. Nombres como Kirk Douglas, Laurence Olivier, Tony Curtis, Jean Simmons, Charles Laughton o Peter Ustinov se agolparon en el cartel de una superproducción que estuvo plagada de problemas desde sus inicios y que a punto estuvo de no ver la luz. Tras la marcha del director Anthony Mann por sus desavenencias con Douglas, el proyecto recayó en un por aquel entonces desconocido Stanley Kubrick, que tuvo que tirar de ingenio para convencer a todas y cada una de las estrellas para que participasen en el filme. Algunos actores consagrados como Olivier no estaban muy seguros de prestar sus dotes actorales a una cinta que no iba a girar en torno a sus personajes, de ahí que Kubrick citase a cada uno personalmente para asegurarles que su papel era vital en el relato. Sólo al final de la filmación comprendieron que nunca estuvieron llamados a cargar con el peso de la trama y que protagonista sólo había uno, aunque para entonces la película ya estaba de camino a las salas de cine.

Los pájaros (1963)

Existe una leyenda negra bien conocida en torno al Maestro del Suspense y sus actrices, a las que acostumbraba a llevar al límite sin preocuparse ni un segundo por su salud mental. Lo hizo con Janet Leigh en Psicosis, la cual nunca más pudo volver a ducharse, y más tarde con Tippi Hedren que llegó a calificar el rodaje de Los pájaros de “traumático”. Según desveló la protagonista de Marnie, la ladrona, Hitchcock la maltrató psicológicamente durante semanas, un tormento que tuvo su colofón en la escena final de la cinta. Según relató en sus memorias, el veterano realizador le aseguró que utilizarían pájaros animatrónicos para recrear el brutal ataque de los animales, sin embargo a la hora de la verdad lo que le arrojaron fueron aves muy reales. Tanto, que sufrió algunas heridas y estuvo a punto de perder un ojo. “Ni siquiera el mejor adiestrador del mundo podría haber controlado los movimientos de las criaturas”, reconocía Hedren. Malas artes de una leyenda del séptimo arte para lograr el momento más icónico de esta obra de culto.

El bueno, el feo y el malo (1966)

Clint Eastwood tiene mucho que agradecerle a Sergio Leone, cuya trilogía del dólar elevó al actor a lo más alto y le convirtieron en un icono del western. Sin embargo, su relación sufrió un duro revés cuando el director engañó al estadounidense durante el rodaje de El bueno, el feo y el malo, concretamente al llevar a cabo la escena de la voladura del puente. Al parecer a Eastwood le preocupaba que la explosión pudiese entrañar peligro, ya que se iba a utilizar dinamita real y tal vez no hubiese tiempo suficiente para ponerse a cubierto, pues tendrían que atravesar el río corriendo antes de pisar tierra. Leone le convenció para no utilizar especialistas, argumentando que sería una detonación controlada y que él mismo se situaría con las cámaras a escasa distancia de la estructura para probar que no había riesgo de resultar herido. Nada más lejos de la realidad, ya que al volar el puente saltaron numerosas astillas y maderos en llamas que a punto estuvieron de caer sobre el actor y su compañero, Eli Wallach. Cuando levantaron la cabeza vieron con sorpresa que el equipo de filmación se encontraba debidamente protegido en lo alto de una colina, lo que enfureció al protagonista que a punto estuvo de llegar a las manos con el director.

Alien, el octavo pasajero (1979)

Da igual cuántas entregas pasen a engrosar la trayectoria de la reputada saga de ciencia ficción, ninguna alcanzará un ápice del terror y la tensión que Ridley Scott fue capaz de insuflar a este clásico atemporal. El momento más inolvidable de la cinta llegaba cuando el personaje de Kane alumbraba a la criatura que había estando incubando interrumpiendo la animada cena de la tripulación. Una escena en la que el letal alienígena escapaba de su prisión reventando el pecho de su huésped en un festival de fluidos y vísceras que desataba el horror en la estancia. Lo más asombroso es que a excepción de John Hurt ninguno de los actores sabía con exactitud lo que iba a suceder, de ahí que sus reacciones no fuesen fruto de su interpretación. Sólo hay que fijarse en la expresión de Veronica Cartwright, con el rostro salpicado de sangre, para darse cuenta de la magnitud del ardid orquestado por Scott y su equipo.

Balada triste de trompeta (2010)

Álex de la Iglesia es otro de esos realizadores con fama de no andarse con chiquitas a la hora de dirigir a sus actores, algo que pudo comprobar en sus propias carnes el humorista Carlos Areces durante el rodaje de Balada triste de trompeta. El filme, que le reportó el primer papel de envergadura en la industria del cine, resultó ser de lo más exigente tal y como reconoció en numerosas entrevistas en las que mencionó repetidas veces aquella escena en la que su personaje huía de noche bosque a través sin ropa y con un frío de justicia. En un momento dado el intérprete debía caer rodando por una pendiente pedregosa, lo cual no acabó de convencer a Areces que consideraba que el riesgo de lesionarse era demasiado alto. Al compartir sus reticencias con Álex, el cineasta le aseguró que tomarían las medidas oportunas para suavizar el golpe, lo que se tradujo en colocar una colchoneta en el lugar del impacto. Lo que el actor no sabía es que el equipo la había rellenado en secreto con piedras por indicación expresa del director que quería recoger con todo lujo de detalles los gestos de dolor del protagonista cuando diera con sus huesos en el suelo. Como podréis imaginar, los gritos del actor no fueron precisamente fingidos.

La ciudad de las estrellas (La La Land) (2016)

El éxito musical de Damien Chazelle contó con dos protagonistas que, si bien rebosaban química en pantalla, carecían de experiencia en producciones que requiriesen ejecutar complejas coreografías de baile. Por este motivo, tanto Emma Stone como Ryan Gosling se pusieron en manos de especialistas que les sometieron a extenuantes sesiones a fin de dominar los estilos de las distintas piezas de baile. En las primeras fases de la producción ambos intérpretes ensayaron por separado, de ahí que preguntasen con frecuencia sobre los progresos de su pareja. Chazelle y su equipo, independientemente de las dificultades que pudiesen estar atravesando, siempre hablaban maravillas de sus respectivos compañeros, alabando la precisión con la que ejecutaban cada movimiento y afirmando que poseían un talento natural para este tipo de espectáculos. Una jugada maestra del director para que los actores se exigiesen más para estar a la altura de las circunstancias. Visto lo visto, no le salió mal la jugada.

Vengadores: Endgame (2019)

Podríamos hablar largo y tendido del secretismo con el que Disney lleva a cabo la producción de las distintas entregas de sus franquicias más populares. En el caso de Vengadores: Endgame, cinta que pondría punto y final a diez años del universo Marvel en los cines, los hermanos Russo trataron por todos los medios blindar un rodaje en el que los propios actores nunca llegaron a entender por completo lo que acontecía en el set, ya que la mayoría de ellos nunca tuvo en sus manos una copia completa del guion. Intérpretes como Tom Holland o Mark Ruffalo eran considerados un verdadero peligro, ya que durante algunas de las giras promocionales habían contado a la prensa más de lo que debían sobre películas que aún no se habían estrenado. Entre las medidas que tomaron los responsables de la cinta para evitar filtraciones hay una especialmente divertida, ya que hicieron creer al reparto que la escena del funeral de Tony Stark era en realidad una boda, razón por la que todos vestían de traje. El propio Holland reconoció a posteriori que aquel día resultó sumamente confuso, ya que no sabía por qué todo el mundo a su alrededor se mostraba tan solemne cuando aquello debía ser una celebración.

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