‘Turning Red’ y ‘Encanto’: bienvenidos a la era del trauma generacional

¿Qué tienen en común Encanto, Luca y Turning Red? El trauma. Para ser más específicos, el trauma generacional. Sus tres protagonistas deben lidiar con los miedos y expectativas de su familia. Como si no tuvieran suficiente con los suyos. Lejos quedan ya las películas de protagonistas huérfanos enfrentados a un mundo cruel liderado por un villano carismático. Aunque no vamos a negar que echamos de menos a las Maléficas, Scars y Frollos de Disney, lo cierto es que es refrescante el cambio. Y lo más importante, tiene sentido.

Años 40 y 50: ¿Padres? No, gracias

Disney moldea nuestra visión del mundo tanto como la refleja. Esta segunda parte nos gusta menos aceptarla que la primera. Blancanieves, Aurora o Bella son un espejo de sus tiempos, no solo un elemento moldeador del imaginario popular. La fábrica de sueños durante décadas volvió sus ojos a los cuentos tradicionales. Un terreno conocido para padres y niños. Historias tradicionales con las que tanto los creadores como los espectadores habían crecido.

Ten los años treinta, cuarenta y cincuenta, los derechos de la mujer eran algo que no se encontraba en la conversación principal. En los sesenta y setenta era algo que gritaban cuatro «locas». Las mujeres eran educadas para ser amas de casa y, para eso nada mejor que un cuento tradicional. A fin de cuentas para eso comenzaron a narrarse las historias de Blancanieves, Cenicienta o La Bella Durmiente alrededor de las hogueras. Ten paciencia, no protestes, limpia la casa y sé un primor. Así se consigue un buen esposo, una buena vida. Mantener el status quo tras tiempos convulsos. No olvidemos que los dibujantes, productores, coloristas… así como los padres encargados de decidir qué película iban a ver sus hijos venían de sufrir dos guerras mundiales, una recesión y que estaban viviendo una guerra fría en la que querían dejar claro que el sueño americano parecía poder cumplirse. Ese era el universo mental compartido entre creadores y espectadores.

A partir de los 90: Las princesas son guerreras

En los 90 y principios de los 2000 la sociedad comenzó a abrirse más. Llegó gente a los estudios con otras experiencias vitales. En concreto la de un florecimiento económico. Los baby boomer, no sin esfuerzo, vivieron mejor que sus padres. Milagros económicos, una sociedad que se creía abierta, tecnología floreciente… El mundo era de los soñadores. El optimismo caracterizaba las producciones de dibujos. Despacito – porque Disney está aterrorizado de perder dinero- volvieron la vista a obras clásicas como Hamlet (Hola, Simba) o a la mitología (Hércules). Llegaron princesas que querían viajar y estudiar, o que iban a la guerra como Mulan. Comenzaron a aparecer padres en las historias. Princesas trabajadoras. Eso sí, el final feliz siempre era el amor romántico como premio para una mujer excepcional.

Disney hoy: hablemos de la familia

A partir de 2010 llegaron a nuestras vidas Brave (2012) y Frozen (2012). Los millenials comenzábamos a asomar la patita por la puerta de la animación. Llegábamos los de «si estudias vivirás mejor que tus padres» para acabar viviendo peor. Los de las altas expectativas hechas añicos contra la realidad. Los de las crisis económicas. Los que vieron el 11-S (y aquí el 11-M) mientras hacían los deberes para el cole. Los que acumulaban títulos, experiencia y preparación a los que siempre hay que añadir un curso más, un máster más, un idioma más. Por aquello del colapso social. La generación con un mayor nivel de ansiedad y de estrés. Permanentemente conectados a las redes sociales, pero sin ser nativos de ellas. Expuestos y con la certeza de que nunca es suficiente.

¿De qué va a hablar esta generación si no es del trauma generacional? De la familia. El amor romántico ha sido sustituido por tener una dinámica familiar sana. Amor fraterno. El respeto de los padres. Ese maravilloso sentimiento de ser suficiente, querido y adecuado. Al menos entre los tuyos. Comenzó con estas dos princesas, Mérida y Elsa, pero es todavía más claro en Luca, Encanto y Turning Red.

Mientras Encanto gira en torno a lo fácil que es perder la identidad y la autoestima en una gran familia; Luca y Turning Red hacen lo contrario: fijan el foco en los hijos únicos sobre los que se vuelcan todos los deseos, miedos y expectativas de los padres.

Mientras el peor enemigo de Ariel era Úrsula, el de Mirabel y Mei Mei no es otro que la mala gestión emocional arrastrada de generación en generación. La era de las princesas huérfanas ha terminado.

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