Crítica de Doctor Strange en el Multiverso de la Locura – La magia del caos

Asentado sobre los robustos cimientos construidos durante más de una década, el universo cinematográfico de Marvel parece sentirse preparado para desprenderse de sus propios anclajes y dar rienda suelta a su vertiente más frenética y multiversal. Un Big Bang creativo entendido como una obligada evolución de su propuesta fílmica y no como el origen de un todo, para lo que tal vez habría que remontarse a la década de los cuarenta.

Al contrario de cintas centradas en los orígenes del héroe como Shang-Chi y la leyenda de los Diez Anillos o Capitana Marvel la nueva cinta del otrora Hechicero Supremo se muestra extremadamente exigente con el espectador casual, al que insta a embarcarse en un viaje sideral desde una perspectiva poliédrica.

Lejos de conformarse con el visionado de la primera entrega, Doctor Strange en el Multiverso de la Locura apunta directamente a los acontecimientos narrados en la saga del infinito a lo largo de múltiples largometrajes e incluso a las nuevas series originales de Disney+, complementos esenciales de su oferta para la gran pantalla.

En este sentido sorprende que la todopoderosa factoría haya optado por recuperar a un cineasta como Sam Raimi, un consumado artesano a merced de un intrincado tapiz de avanzada confección. No será hasta el ecuador de la cinta cuando el responsable de Darkman se sacuda ciertos convencionalismos marvelitas y deje su impronta en secuencias tan macabras como sugestivas. Reminiscencias de clásicos del terror como Carrie o Posesión infernal que sin alcanzar las cotas de espanto de aquellas logran que la segunda iteración del personaje interpretado por Benedict Cumberbatch sea cuanto menos genuina.

Esta marcha sombría hacia el país de Oz no hubiese sido lo mismo sin su particular bruja del Oeste, cuya tez verdosa ha tornado en escarlata. El regreso de Wanda amenazaba con convulsionar el cosmos de la franquicia y lo cierto es que no ha defraudado, dando buena prueba no sólo de su enorme poder sino también de una complejidad emocional superior a la del resto de las celebridades rescatadas de las páginas de la editorial.

La nueva aventura de Strange está llena de energía y de impulso creativo, haciendo gala de una capacidad asombrosa para reinventar su puesta en escena con la presteza de un parpadeo. También es desordenada, repleta de excesos visuales y de un ritmo por momentos asfixiante. Es el peaje que hay que pagar por tan excéntrico espectáculo y por supuesto por la inclusión de no pocas sorpresas marca de la casa, de esas que levantan un clamor en el patio de butacas al más puro estilo Spider-man: No Way Home. Marvel en definitiva para seguir soñando, aunque eso conlleve alguna que otra pesadilla.

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