Crítica de Jurassic World: Dominion – El final de una era

Han pasado casi tres décadas desde que los doctores Grant y Sadler se bajaran del jeep para caminar literalmente entre dinosaurios. Su estupor ante el milagro de John Hammond solo fue comparable al de la audiencia, que quedó rendida ante el prodigio cinematográfico del llamado Rey Midas de Hollywood, quien no necesitó perforar en el ámbar para devolver a la vida a los lagartos terribles que una vez poblaron la Tierra.

Parece de justicia que aquellos que dieron comienzo a esta gran odisea jurásica regresen para poner el punto y final a un ciclo que abarca nada menos que seis películas, siendo Dominion el cierre de una segunda trilogía que ha sabido recuperar gran parte de la magia que Spielberg insufló en sus criaturas. Cine de aventuras, espectáculo y emoción que ha sabido aplicar a la perfección la consigna de Claire Dearing en la primera Jurassic World: para seguir atrayendo al público se necesitan más dientes.

La cinta de Colin Trevorrow, al igual que sus antecesoras, posee una mordida portentosa en lo estrictamente visual. En un mundo en el que los dinosaurios campan a sus anchas tras haber dejado atrás su confinamiento isleño, el cineasta se permite elevar la escala de la acción soltando a los animales por las intrincadas calles de la capital maltesa o en mitad de las montañas de Nevada entre otras muchas localizaciones. Entornos de excepción para dar rienda suelta a trepidantes persecuciones y presentarnos especies nunca antes vistas en la saga. Son algunas de ellas las que protagonizan algunos de los momentos más disfrutables de un filme que gana enteros cada vez que coquetea con la vertiente más terrorífica de la franquicia, esa que tan bien supo explotar Juan Antonio Bayona en Jurassic World: El reino caído. La huida a través de las minas o la manera en que el personaje interpretado por Bryce Dallas Howard se zafa del espeluznante Therizinosaurus son dos buenos ejemplos de ello.

El resultado es una cinta que nunca ceja en su empeño de entretener, por mucho que su atropellada sucesión de secuencias acabe restando trascendencia a un argumento que apenas araña la superficie de la extraordinaria premisa de la entrega que nos ocupa, nada menos que las implicaciones derivadas de la coexistencia entre los humanos y los dinosaurios. De hecho, tal vez el principal problema del que adolece Jurassic World: Dominion sea precisamente su ingenuidad a la hora de abordar lo que sería una crisis medioambiental sin precedentes, abogando por lanzar un mensaje esperanzador en vez de realizar una reflexión más cruda y pragmática.

Sólo Ian Malcolm, de nuevo encarnado por el irreverente Jeff Goldblum, ejerce de abogado del diablo por mucho que sus antiguos colegas y también sus nuevos amigos opten por ignorar su eco-verborrea con tintes fatalistas. “Vamos de cabeza hacia la extinción de nuestra especie. No sólo no dominamos la naturaleza, sino que dependemos de ella”, articula con resignación justo antes de un último acto que por fin consiente la convergencia de las dos generaciones jurásicas. Qué menos que brindarles una estruendosa despedida.

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