Willow: diversión inofensiva, fantasía sin complicaciones

Fuente: Disney+

La continuación en formato serie del clásico cinematográfico Willow pertenece a un género que parecía casi extinto: el de la fantasía sin complicaciones. Esto ha jugado a su favor en michos aspectos: no se toma demasiado en serio a si misma, por lo que permite al espectador darse la indulgencia de reírse del absurdo de muchas situaciones (cómo olvidar a los troles shakesperieanos). En otros aspectos le ha ido a la contra: los nostálgicos más irredentos el desparpajo con el que se acerca a la película y el afán de rejuvenecer el reparto principal puede resultar molesto.

Y aunque entienda que los niños de los 90 queramos rencontrarnos con los personajes que vimos en nuestra infancia, la renovación evita que nos quedemos anclados en el pasado y ayuda a conectar con las nuevas generaciones. En continente y en contenido. Algunos cambios funcionan mejor (el reparto principal y la selección musical) y otros peor (el vestuario), pero en conjunto resulta satisfactorio.

Lo que no resulta tan satisfactorio es la decisión de rodar las tomas nocturnas tan oscuras que solo vislumbras de forma fugaz algún movimiento. Aún viendo el capítulo con las luces de la habitación completamente apagados. Los (ya no tan) niños de los 90 tienen razón en una cosa: la magia escasea. No tanto dentro de la historia, que al fin de cuentas se basa en un aprendizaje; pero sí la del «encanto» de la propuesta. Willow se ve con agrado. Siempre sobrevuela ese desparpajo que la caracteriza y que facilita su visionado y además dota de cierta vivacidad al resultado, pero le falta la chispa que separa lo agradable de lo fascinante.

A pesar de todo es una serie recomendable para aquellos que simplemente deseen desconectar de la triste y prosaica realidad con princesas rebeldes, capitanas de la guardia, magos, hechiceras y troles con muy buenas maneras.

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