Anne with an E hace de la tolerancia y la esperanza su seña de identidad

¿Pensábais que no íbamos a hablar de la adaptación que ha hecho Netflix de Ana de las Tejas Verdes? Error. Porque la segunda temporada de Anne with an E es una pequeña joya. Desde la fotografía hasta el vestuario, pasando por la cabecera y las interpretaciones de los chicos que suplen juventud con buenas dosis de talento. Todo encaja como un reloj optimista y entrañable que aún así no olvida las cosas feas o dolorosas de la vida.

Al igual que en la primera tanda de capítulos la producción cambia cosas con respecto a los libros, no esperéis una adaptación palabra por palabra de Lucy Maud Montgomery. Pero son cambios que aportan profundidad a los personajes y amplitud al mundo creado por la escritora. Es lógico que con una vida como la que ha tenido la pobre Anne sufra de estrés post-traumático aunque en el libro solo veamos la parte más luminosa de la personalidad de nuestra pelirroja favorita.  También es de esperar que los personajes LGTBi+ caminaran por las calles de Avonlea aunque la propia Maud no lo señalara allá en 1908. La tía Josephine sigue siendo la tía que todos querríamos tener, y su historia de amor con tía Gertudre se trata de una forma delicada y hermosa. Y Cole es una de las dos grandes incorporaciones de la temporada. Porque si en la primera tanda de episodios ya veíamos que la serie daba pequeños empujoncitos a los tabúes de la sociedad – lo diré hasta quedarme afónica, el capítulo de la primera regla de Anna es una obra maestra y algo que no se ve casi nunca en la televisión con semejante naturalidad- en esta segunda temporada Anne agarra las convenciones por los cuernos y las lanza por la ventana.

El mundo que se nos abre en la soireé de la Tia Josephine, el autodescubrimiento de Cole, la inmediata aceptación de Anne, la aparición de Bash en Avonlea, el primer habitante negro de Ana de las Tejas Verdes desde la publicación de la novela , y de la nueva profesora con sus revolucionarios métodos suponen que tanto los espectadores como los habitantes de Isla Eduardo se enfrenten a su propia estrechez de miras. Nadie pestañea cuando el anterior profesor se promete con una de sus alumnas que apenas es una adolescente, pero los métodos de la profesora pensados para involucrar a sus alumnos en el aprendizaje son juzgados desde el minuto humano. Bash no puede dar dos pasos sin que le confundan con un sirviente, no quieran atenderle en los comercios y  ni siquiera puede visitar libremente a su madre. Cole y Anne se enfrentan al acoso escolar solo por ser quienes son.

Y aún así la producción no pierde la luminosidad y el optimismo que caracterizan a Ana aderezada con una cinemática espectacular.  La producción de Netflix es un soplo fresco de esperanza directo al corazón.

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