Narcos México: cambiar para que todo siga igual

Dicen los detractores de Narcos que presenta una visión muy romántica y casi heroica de lo que no son más que una panda de delincuentes, más o menos inteligentes, bastan psicópatas y con una buena dosis de sociopatía. Puede ser, no sé, no tengo intención de ir a preguntarle a ningún capo de la mafia de ningún país si The Wire influyó o no en su elección de carrera laboral. Lo que sí es cierto y un hecho es que Narcos México, como ficción, sigue los pasos marcados por las dos temporadas que la preceden. Para bien y para mal.

Porque uno de los mayores defectos de esta entrega no es otro que el sonido, algo que también pasaba – aunque en menor escala- en las anteriores entregas. Netflix querida, sabemos que los criminales viven en la clandestinidad y que los susurros van con el cargo… pero es que si el que habla no es de la DEA no se escucha absolutamente nada. El tratamiento del sonido es nefasto y si a eso le sumamos que los protagonistas hablan con el cuello de su camisa el noventa por ciento del tiempo seguir se hace tan difícil que uno acaba planteándose poner los subtítulos por supervivencia pura.

Pero que eso no os eche para atrás, porque el cambio de escenario a la serie le sienta bien. Pese a que la sombra de Pablo Escobar y Pedro Pascal han sabido crear una temporada con identidad propia. ‘Narcos: México’ plantea no tiene ningún problema para presentar el peligro intrínseco  de la actividad de sus protagonistas, así como la corrupción del mundo en el que se mueven. En lo que tiene algo más de problemas es en presentar bien a cada uno de los jugadores y qué papel juega exactamente cada uno de ellos. Desde el primer momento se juega con la dualidad entre el aspecto y las formas de los personajes y su verdadero fondo y eso provoca que al principio el Padrino de Padrinos interpretado por Diego Luna parezca bastante más pringadete que sus homólogos de temporadas anteriores. Aunque nada más lejos de la realidad.

 

La historia de la nueva temporada de la serie cuenta con unas líneas muy definidas. Etsamos ante una historia de héroes y villanos.  Por un lado tenemos la historia de Kiki Camarena, porque la serie de Netflix sin un agente obsesionado con su trabajo  de derrocar a los malvados narcos se nos queda coja. Por el otro lado, el ascenso del nuevo Padrino Miguel Ángel Félix Gallardo alguien igual de cerebral que los de Cali, con la ambición de Escobar y mucho mejor vestido que cualquiera de los anteriores.

 

Narcos México conoce su producto y por eso la temporada funciona tan bien como el imperio de su protagonista.

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