El Camino, A Breaking Bad Movie: el coche de Jesse Pinkman se nos ha quedado a medio gas

El Camino: A Breaking Bad Movie

Ni fú ni fá. El Camino es una película para los seguidores más irredentos de Breaking Bad. La serie de Vince Gilligan acabó donde tenía que acabar y la película de Jesse Pinkman huele a epílogo del epílogo, a capítulo que se les olvidó emitir en su momento.

Quiero decir con esto que El Camino tiene todas las señas de identidad de Gilligan, los planos, el uso del color, a Jesse Pinkman lo seguimos queriendo como si no hubiera un mañana… pero también es un rastro de oportunidades desaprovechadas. El tormento por el que pasa Pinkman en la serie reclamaba mucha más atención a las cicatrices emocionales que a las físicas. Pero al final Camino no era un proceso emocional sino una marca de automóvil, dando la impresión de que después de una ducha y un café había superado su TEPT y tenía un plan. 

Así, las escenas más interesantes no resultan los flashback ni de Walter White, que se presenta con una escena que hemos visto más de una vez en la serie original; ni de Jane, que más allá de darnos la alegría de ver a Ritter no aporta nada. Todd es el encargado de ofrecernos las escenas con más enjundia de la película, pese a que ha suscitado más comentarios por su aspecto físico que por el festival de  momentos tan inquietantes que nos ha regalado. 

El Camino: A Breaking Bad Movie

El paso del tiempo ha sido uno de los peores enemigos de El Camino.  Porque la serie terminó hace seis años y los actores se han vuelto a meter en sus papeles en el mismo punto en el que terminó Breaking Bad. ¿Qué supone esto? Pues que Aaron Paul, por muy estupendo que esté, ya no tiene la misma tez que hace seis años, que más de uno  y más de dos ha engordado en estos años por los avatares de la vida, los encargados de raccord ya no se acordaban muy bien de dónde habían puesto las cicatrices de Jesse… El resultado final a veces sacaba un poco, especialmente con los flashbacks.

En definitiva, El Camino entretiene, y gustará a aquellos que quieran reencontrarse con Jesse Pinkman – que no son pocos-, pero cuando llega el final, en el aire queda una terrible pregunta: “¿Ya está?”.

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