Las 3 escenas que arruinaron Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal

Ha pasado más de una década desde el estreno en salas de la cuarta aventura del arqueólogo más famoso del cine. A sus 64 años, Harrison Ford no tuvo reparos en volver a encarnar a su personaje más icónico de nuevo con Steven Spielberg tras las cámaras. Una combinación que entusiasmó a los fans que no pudieron por menos que contener el aliento cuando se exhibió ese primer tráiler que recuperaba la inconfundible silueta del actor con su sombrero y su látigo.

Con la quinta entrega de la saga en desarrollo, merece la pena preguntarse por qué Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal no fue el éxito de crítica que muchos esperaban cuando a priori tenía todos los ingredientes para convertirse en una secuela más que digna de estos clásicos del género de aventuras. Las causas llevan años dividiendo al público, pero entre ellas podríamos apuntar un guión perezoso, un uso excesivo del CGI y un buen número de extravagancias que pesaron demasiado en el metraje.

Son muchas las escenas cuanto menos discutibles que encontramos en la película, varias de ellas perdonables si atendemos a esa mezcla de acción y humor tan característica de una franquicia en la que prima la diversión y el espectáculo por encima de todo.

Sin embargo, son tres los momentos en los que el filme se pasó de la raya y cayó en lo absurdo. Tres sucesos que resulta imposible no mencionar cada vez que Indiana Jones y la calavera de cristal forma parte de alguna conversación y que de algún modo marcaron una producción que acostumbra a suscitar más burlas que halagos.

Ya no se hacen electrodomésticos como los de antes

Tras huir del Área 51 el doctor Jones trata de evadirse de sus perseguidores buscando refugio en un pueblo habitado por maniquíes de lo más perturbador que ha sido levantado para realizar pruebas nucleares. Cuando se hace evidente que una bomba atómica está a punto de detonar, el avezado arqueólogo opta por vaciar el frigorífico de una de las casas y meterse dentro.

Cuando se produce la explosión, todos los edificios son incinerados como si fuesen papel de fumar. Ni siquiera los agentes soviéticos son capaces de escapar en automóvil de una onda expansiva sobre la que surfea la dichosa nevera, que es arrastrada durante varios kilómetros para aterrizar en el desierto rebotando bruscamente sobre el terreno y cayendo por una pendiente. Una vez se abre la puerta observamos al protagonista surgir de su interior ileso a tiempo de contemplar un sobrecogedor hongo atómico en el horizonte. Ni que decir tiene que la mirada de incredulidad del perrito de las praderas que asiste atónito al espectáculo fue la misma que la de los espectadores que abarrotaban el cine. Sí, nosotros también quisimos retornar a nuestro agujero y que se nos tragase la tierra.

Mutt de los monos

Durante la secuencia en la que el convoy soviético atraviesa la jungla devastando todo a su paso, el joven Mutt -quien muy convenientemente alardeaba de haber tomado clases de esgrima- se bate en duelo con la Coronel Spalko en lo que podríamos definir como toda una exhibición de equilibrismo. El combate queda interrumpido cuando el hijo de Indy se enreda en unas lianas y queda colgado a varios metros de altura, con la única compañía de unos monos que le observan con interés.

A Mutt no tarda en encendérsele la bombilla y con un preciso corte de su navaja suelta una de las lianas y comienza a balancearse como si fuese el mismísimo Tarzán. Acompañado de toda una jauría de simios, que parecen haberle encontrado la gracia a la situación, el personaje de Shia Labeouf no sólo logra alcanzar a los vehículos sino que acaba cayendo sobre el enemigo para robarles la calavera de cristal. Unos soldados que por si fuera poco son atacados por los furiosos primates digitales haciéndoles perder el control. Una escena tan infantil como surrealista que nos dejó sin palabras.

El conocimiento te hará libre

Una cinta que coqueteó con lo esperpéntico debía tener un final a la altura de las circunstancias. Una vez devuelta la calavera de cristal al templo, la camarada Spalko exige su recompensa a los seres que allí reposan en forma de conocimiento infinito. “¡Quiero saberrr!”, repetía con su acento ruso bien marcado. Pues bien, los alienígenas debieron pensar aquello de si quieres caldo, pues toma dos tazas. Sobrepasada por todo cuanto sus anfitriones volcaron en su mente, la villana sucumbía a su sed de poder en un final que guarda semejanzas más que evidentes al de Indiana Jones y el arca perdida. Antes de morir, todavía tenía tiempo de ver cómo uno de los extraterrestres que había recuperado su apariencia original le dedicaba una mueca de disgusto cual abuelo gruñón. De los portales dimensionales y del platillo levantando el vuelo mejor ni hablamos.

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