El Ministerio del Tiempo: venciendo dragones con espadas de madera

“Porque quien vierta hoy su sangre conmigo será mi hermano”
Discurso de Enrique V a sus tropas antes de la batalla de Agincourt
William Shakespeare, Acto 4, Escena 3

felipe-Ernesto

Que me perdone Felipe II por acudir a uno de sus denostados ingleses para hablar de la serie que más ha hecho por la Historia y la Literatura española en estos últimos años. Pero creo que no hay frase que mejor resuma el último episodio (esperemos que de momento) de El Ministerio del Tiempo. Si su primer capítulo fue todo un homenaje a los héroes desconocidos, este último es toda una declaración de intenciones. Una arenga para hacer las cosas bien. Aunque duela. Rara vez lo que merece la pena nos llega sin hacer un sacrificio. Lo justo nunca viene sin un precio.

Porque no hay que olvidar que hayamos avanzado más o menos, estamos donde estamos porque alguien, en algún momento, vio algo que no estaba bien y dijo hasta aquí hemos llegado.  Aunque tuviera las de perder, como Amelia y como Salvador.

Estamos avanzado lo que estamos avanzado porque alguna otra persona, en algún lugar, como Alonso, se negó a dejar atrás a un compañero aunque le estuviera desgarrando por dentro.

Amelia El ministerio del tiempo

Hemos llegado donde hemos llegado porque hubo quien, al igual que Julián,  aprendió que ganar se puede volver cenizas en tu boca cuando el logro te pide a cambio parte de tu alma o de la de alguien más.

Estamos donde estamos porque hubo quien se atrevió a levantar la cabeza, aunque fuera un milímetro, cuando todos los demás querían que la mantuviera baja. O debido a que alguien aprendió a aceptar la pérdida y llorar sus errores como el maravilloso Felipe II de Carlos Hipólito.

Estos desconocidos pueden ser reyes o plebeyos, ricos o pobres, trabajar en un Ministerio del Tiempo y conocer sus maravillas o simplemente tener que tirar adelante con un monótono día a día. La Historia, como decía Unamuno, no es otra cosa que la intrahistoria. Y la intrahistoria somos nosotros, son ellos: Nosotros somos Felipe II con sus (nuestras) bajezas, su miedo a morir solo y olvidado en su cama de rey; somos Amelia y su capacidad de sacrificio por no perder los pocos centímetros de libertad que ha ganado, somos Julián comprendiendo que a veces hay que dejar de lado lo que soñamos para apreciar lo que tenemos y somos Alonso con su terror a la soledad y su férrea defensa de una amiga.

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Porque al final lo que te quedan son los tuyos: los que luchan contigo día a día por ganar un centímetro más de felicidad, los que – a falta de poder amenazar a un rey por ti- te cambian el tóner de la impresora para que llegues a tiempo a entregar ese informe; los que no son familia pero como si lo fueran porque sufren lo mismo que tú, lloran lo mismo que tú, ríen como tú, se equivocan como tú y dudan como tú. Los que pelean por ganar un milímetro más de dignidad que al resto del mundo le parecerá estúpido e insignificante hasta que ya no lo sea.

Porque la patrulla permanece unida y quieres creer. Quieres creer que alguien vendrá a luchar contigo y será tu hermano.

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