God of War, tan diferente y tan parecido

Sony Santa Monica ha evitado precipitar el regreso de Kratos a las consolas de sobremesa. Ha sido un desarrollo largo, un proceso de madurez que no solamente ha afectado al aguerrido espartano, sino también a los responsables de la saga y por ende a la narrativa y a la jugabilidad que dan forma a este nuevo God of War. La saga ha conseguido dar un paso lógico en su recorrido, adaptándose a los nuevos tiempos y asumiendo una mayor responsabilidad con su público.

Era fácil pensar, a juzgar por las imágenes que se han ido publicando durante los últimos meses, que la nueva aventura del semidiós iba a distanciarse irremisiblemente de las bases en las que la laureada franquicia llevaba años asentada –y tal vez demasiado acomodada como pudo comprobarse en Ascension– siendo el cambio de ambientación una mera excusa para dar carpetazo a la fórmula. No diríamos tanto, pero sí es cierto que este salto a la mitología nórdica supone un punto de inflexión en la trayectoria de un personaje que una vez vuelve a estar bajo nuestro control comienza a descubrirnos tantas diferencias como semejanzas.

Pese a que el estudio nos presenta un nuevo arco argumental que a priori nada tiene que ver con las viejas riñas de Kratos con el Olimpo, la trama en ningún momento se olvida del legado de su protagonista. El que fuera apodado el Fantasma de Esparta ha rehecho su vida en el reino de Midgard, donde ha envejecido sin lograr despojarse de esas cargas y pesares que le atormentarán hasta el día de su muerte. Sin embargo, al retomar su rol como padre el guerrero tratará por todos los medios de apaciguar su carácter irascible, cultivar su paciencia y erigirse como el maestro de Atreus, un muchacho que todavía desconoce quién es el hombre al que deberá acompañar en un peligroso viaje para cumplir la última voluntad de su madre, esparcir sus cenizas en lo más alto de la montaña.

Será el vínculo entre ambos el verdadero motor de una historia de tristeza, épica y redención que tendrá lugar en un universo fascinante que deberemos ir descubriendo paso a paso y en el que las leyendas nórdicas se entrecruzan con la imaginería de sus guionistas. Personajes como Odín y Thor, mitos como la serpiente Jörmundgander o razas tan misteriosas como los Elfos Oscuros salpicarán una trama que no carece de giros y sorpresas, las cuales advierten de que estamos ante el comienzo de un largo camino que quién sabe adónde nos conducirá en el futuro.

A pesar de no tratarse un mundo abierto, a lo largo de nuestra campaña recorreremos una gran variedad de escenarios, algunos de gran amplitud que aportan una mayor libertad de exploración, y otros mucho más intrincados y llenos de secretos por descubrir, aunque para completar todo al cien por cien debamos aguardar hasta el final de nuestra campaña principal, cuando hayamos hecho acopio de las habilidades necesarias para abrirnos paso independientemente del tipo de obstáculo que nos encontremos. Una manera no sólo de dar mayor profundidad al título, sino de animarnos a seguir exprimiéndolo incluso después de ver los créditos, volviendo a los lugares que visitamos y probando nuevas sendas en las que perdernos, hacernos con jugosos botines e incluso enfrentarnos a algunos de los enemigos más duros del juego. Muy en la línea de lo visto en producciones tan laureadas como Rise of the Tomb Raider.

Esto no significa que el núcleo de God of War tenga una corta duración, de hecho todo lo contrario. Sorprende, entre otras cosas, por la gran cantidad de horas que nos ofrecen sus muchos episodios, los cuales iremos superando como si de una única secuencia se tratase, sin abandonar la perspectiva de Kratos en lo que es toda una hazaña para su director, obsesionado por dar esa sensación de continuidad que no sería posible si existiesen cortes, fundidos a negro o cualquier otra cinemática que rompiese con aquellas confeccionadas con el propio motor gráfico del juego.

El progreso de nuestro personaje ha sido perfectamente medido para que en todo momento las situaciones a las que se enfrente el jugador le supongan un reto, ya que incluso si somos concienzudos y realizamos todos y cada uno de los favores –o lo que es lo mismo, misiones secundarias- en cuanto nos los propongan nunca sobrepasaremos el nivel que se nos presupone de acuerdo a nuestro avance. En todo caso, toda la experiencia que atesoremos podremos invertirla en desbloquear nuevas habilidades, no demasiado numerosas pero sí tan prácticas como efectivas, y mejorar nuestro equipo.

Si queremos salir airosos de los desafíos que nos aguardan deberemos hacer acopio de plata con la que comerciar y comprar suministros tanto para nosotros como para Atreus. También es imperativo recoger botines y equipar nuestro armamento con aquellas runas mágicas que encontremos, ya que podremos sumar valiosas bonificaciones que potenciarán nuestros atributos y harán que, por ejemplo, causemos más daño o que recibamos un mayor número de piedras curativas, por lo que asignar una u otra no es una decisión que debamos tomar a la ligera.

Porque no nos engañemos, esto es God of War y más allá de todos aquellos aspectos de la producción que han sufrido una evolución más que palpable la acción sigue siendo la piedra angular de su propuesta. El combate, marcado por la cámara fija a la altura del hombro de Kratos, es más pausado y más táctico que antaño, cuando nos enfrentábamos a un mar de enemigos a base de machacar botones y ejecutar combos a gran velocidad. Ahora primará nuestra destreza y buen juicio, el saber movernos por escenarios a veces bastante reducidos y superar las limitaciones implícitas en nuestra área de visión con el fin de advertir la dirección desde la que vendrá el próximo ataque, ya sea atendiendo a las marcas en pantalla o a los avisos de Atreus.

Podremos cubrirnos con nuestro escudo, parar los golpes y contraatacar con fuerza, o simplemente esquivar las embestidas rivales y cogerles por sorpresa. Como arma principal tendremos el hacha Leviatán, la cual puede ser arrojada para acto seguido volver a nuestras manos con solo pulsar un botón. Será una poderosa aliada a la hora de enfrentarnos a los muchos y variados enemigos que saldrán a nuestro paso, aunque no será la única, ya que no todos nuestros oponentes podrán ser vencidos de la misma manera.

Claro que puestos a hablar de nuestros socios, cabe destacar la aportación de Atreus en cada lance. Con su arco debilitará y aturdirá a las criaturas que nos acosen, pudiéndole marcar aquellos objetivos que nos parezcan prioritarios, aunque también sabrá tomar la iniciativa y se abalanzará contra algunos de nuestros rivales, inmovilizándolos durante unos instantes y dándonos la oportunidad de acabar con ellos con mayor facilidad o simplemente vernos las caras con sus compañeros de armas un poco menos agobiados. Si a esto le sumamos algunas habilidades especiales y actualizaciones para su arco, vayan dirigidas a usarse en batalla o simplemente para abrirnos nuevos caminos, es justo decir que el muchacho no es una mera comparsa y juega un papel fundamental no solo en el relato –será nuestro guía por este amenazante mundo nórdico- sino también en lo jugable.

No podríamos entender God of War sin la presencia de los jefes finales, que harán acto de presencia en el momento más inesperado. De hecho, el primero de ellos no se hará mucho de rogar y supondrá una dura prueba cuando todavía estemos familiarizándonos con los controles. Si en algo destacan es en su dimensión tan variada, ya que algunos serán  del tamaño de un humano corriente, otros verdaderos colosos y unos pocos titanes que nos obligarán a levantar la cabeza y nos harán disfrutar de momentos de gran espectacularidad y en los que no podían faltar esos QTE marca de la casa. Mientras que algunos de ellos tendrán un carácter único, otros como los trolls han sido reciclados y reaparecerán con algunas modificaciones en su diseño y patrones de ataque, algo que si bien disimula bastante bien que parten de la misma base conceptual no puede evitar que estos encuentros acaben siendo un tanto reiterativos.

Cabe decir que el juego no sólo nos limita a ensartar monstruos, también nos empujará a resolver algunos puzles y a superar pequeñas secciones de plataformas. Respecto a los acertijos, resulta evidente que la saga nunca se esforzó demasiado en dotarlos de cierta complejidad por lo que prácticamente todos los que tendremos que resolver serán bastante simples y estarán basados en la observación del entorno y nuestra interacción con algunos elementos siempre y cuando tengamos el equipo necesario para ello. En todo caso no dejan un mal sabor de boca en absoluto, se agradecen y sirven a su propósito, algo que no podemos decir de otros aspectos como la escalada, excesivamente automatizada y que no tiene otra razón de ser que la de acceder a nuevas áreas del mapa con unas pocas pulsaciones en el mando.

A nivel técnico, el Dios de la Guerra vuelve a lucir puro músculo emergiendo como de los títulos más potentes del catálogo de PlayStation y convirtiéndose de manera instantánea en uno de sus estandartes contemporáneos. El motor del que hace uso es realmente sólido, haciendo que todo corra con fluidez a 1080p y 30 frames y manteniendo un nivel de detalle asombroso. El modelado de los protagonistas es de altura –ninguna criatura que aparece en el juego, ya sea amigo o enemigo, humano o monstruo, tiene mucho que envidiarles- y el diseño de los escenarios bebe directamente de una labor artística digna de elogio, rica en matices, que sabe dotar de un halo muy personal a cada uno de los reinos que visitamos y que tiene la capacidad de dejarnos con la boca abierta a cada paso que damos.

El sonido tampoco se queda atrás, ni en lo que a efectos se refiere ni mucho menos en lo musical, con una banda sonora soberbia conectada a cada momento con los personajes y lo que están viviendo en la pantalla. El tema principal es ciertamente memorable y de gran majestuosidad, gracias al uso predominante de la cuerda y un coro de voces que aportan un cariz épico a la composición. Por lo demás, todo el juego está doblado al castellano con gran profesionalidad, como todas las grandes superproducciones de Sony.

Muy poco podemos reprochar a este nuevo God of War, un juego tan ambicioso como volcado en la más pura diversión. Se trata de una aventura que equilibra con mucho acierto todas las mecánicas que se nos proponen, con un sistema de combate muy completo, desafiante sobre todo una vez concluimos la historia principal y que resulta más intensa a medida que vamos sumando horas de juego. Activar la ira espartana o ejecutar brutalmente a un enemigo aturdido consigue revivir viejas sensaciones, como si sus desarrolladores quisiesen recordarnos que debajo de todas esas capas sigue latiendo el mismo corazón indomable que catapultó a la saga a lo más alto desde sus orígenes en PS2. Mucho ha llovido desde entonces, pero es que las mejores leyendas son las que nunca mueren.

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