‘Sé dócil: reza y obedece’: ¿Dónde están los límites?

¿En qué momento se cruza la línea entre contar una tragedia y explotarla? Una pregunta esencial en los documentales sobre crímenes reales o tragedias colectivas. Aunque parece que no se pararon a hacérsela a la hora de producir Sé dócil: reza y obedece.

“Se dócil” es el mantra que inculcaba a sus feligresas el ya fallecido profeta de laIglesia fundamentalista de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, Rulon Jeffs . De hecho, estaba tan convencido de que la sumisión era el camino a seguir para las féminas del mundo que lo llevaba grabado en la suela de los zapatos. Porque, por supuesto, dócil en realidad quería decir obediente. Algo de lo que su sucesor, Warren Jeffs, llevó a extremos absolutamente perversos. Aunque no es que los tiempos de Rulon fueran menos inquietantes (no olvidemos que era un señor de ochenta años con decenas de esposas, muchas de ellas de menos de veinte años y obsesionado con que el papel de las mujeres es solo obedecer a los hombres). La serie documental de Netflix, durante gran parte de su metraje, realiza una crónica fascinante y perturbadora del dominio de estos dos hombres.

Su directora, Rachel Dretzin, intenta mantener un equilibrio entre exponer lo que ocurrió y mantener el respeto al sufrimiento de sus protagonistas (y en ocasiones, a sus contradicciones vitales), al menos hasta que comienza a centrarse en el dominio de terror de Warren Jeffs. Las entrevistas se realizan con el necesario nivel de empatía y profesionalidad, pero en cuanto se centra en las novias infantiles el visionado se convierte en una experiencia incómoda no sólo por lo que te están contando- que es suficientemente horrible como para plagar tus pesadillas – también por cómo lo están haciendo.

En los documentales de crímenes reales es muy fácil obsesionarse con contar todo lo que ocurrió al detalle. Cuanto más morboso mejor. Siempre amparados por el mantra de «estamos contando la verdad». Dretzin se acogió a esta máxima cuando incluyó las cintas de audio de Warren Jeffs violando a una niña de doce años. Aparentemente para que fuéramos conscientes del horror de lo que sucedió. Es un movimiento totalmente innecesario, morboso y dañino. No necesito oír esa cinta para ser consciente de que todos los delitos que me están contando son terribles. No hace falta escuchar como gime mientras viola a una menor para saber que Warren tiene reservado un lugar especial en lo más profundo del infierno. Solo con escuchar las declaraciones de aquellos que sufrieron su maldad, de aquellos que desenterraron las pruebas; con leer los documentos escritos que demostraban que llevaba años traficando con menores casándolas con ancianos para ganarse sus favores es más que suficiente.

El resto no es contar la verdad. Es mercadear con el dolor. Exponer las miserias de tal forma que no beneficia a nadie nada más que a las visualizaciones. Y es una pena, porque hasta ese momento, Sé dócil: Reza y obedece estaba planteando un relato muy interesante de las sectas, de los mecanismos que permiten la manipulación de colectivos enteros.

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